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Reportajes

Renace Alicia Enríquez

De la mano de María Mazzocchi, Emiliana Pereira, Julieta Marchant y Hervin Araneda Enríquez me encamino al encuentro con una escritora hasta ahora oculta en la ciudad.

Por Tomás Pérez

Tras la muerte de su abuelo, otrora profesor del Liceo Eduardo de la Barra, María Mazzocchi ojea en los libros que quedaron de su biblioteca. Si pudiera traer una imagen de mi videollamada con ella, sería una en donde la veo tomar el libro celeste de Extraños Visitantes segunda edición, ver la expresión seria, mirada profunda de Alicia, reconocer el grabado de Carlos Hermosilla, luego abrirlo con cuidado y leer «La escalera».

La imagino quedar tan imantada en el encuentro con los cuentos de una autora desconocida, que es muy breve el espacio entre pasar de lectora a colaboradora y moverse a escribirle a Julieta Marchant, amiga y editora de Bisturí 10, para publicar el libro.  Quizá una imagen similar habría sucedido en Pablo Neruda, que lo prologó y también usó el imán como metáfora de los cuentos de Alicia, hace más de cincuenta años.

Lo cierto es que a medida que aparece su lenguaje e imaginario amorfo cuesta comer el pan del mismo modo y caminar por la noche porteña con la misma mirada. Es como si Alicia hiciera un hueco con sus cuentos y creara un callejón perverso cada vez que escribe.

Nacida en el sur de Chile en 1917 y formado su carácter al alero de una familia de ocho hermanos en disputa, llegó a la ciudad de Valparaíso adulta y con un hijo a cuestas. Esta reedición de su libro después de más de treinta años viene a formarle un espacio en las letras de la ciudad y su escritura viene a defenderse con las armas que le otorgó en su momento una apasionada lectora, profesora y escritora.

En la búsqueda

Emiliana Pereira y Julieta Marchant dieron pie y camino a Bisturí 10. En conjunto han formado ediciones pulcras, con un diseño que apuesta por lo minimalista y por autoras con un trabajo respetado y propio. Autoras como Anne Carson o Guadalupe Santa Cruz acompañan ahora a Alicia en el catálogo.

«El primer desafío fue averiguar respecto a ella, no sabíamos si estaba viva (suponíamos que no), quién tenía los derechos de su obra, etcétera, no había ningún rastro e incluso tuvimos que contactarnos con un conocido que trabaja en la PDI para conseguir información», me dicen.

Pereira y Marchant han creado un catálogo de los más interesantes de la literatura independiente chilenas, a la vez de obras propias que vale la pena leer.

¿Qué caminos les gustaría que tomara el libro ahora ya publicado? ¿Por dónde lo imaginan circular?

–Una siempre quiere que los libros tomen los mejores caminos, obviamente eso es algo relativo y poco realista, pero con nuestro catálogo de manera general y con Extraños visitantes de manera particular, nos interesa que el libro llegue a quienes quieran leerlo, a quienes sientan esa curiosidad por algo distinto o extraño, a quienes quieran quedarse con más preguntas que respuestas, a la pulsión de sumergirse en lo incomprensible y, curiosamente con el libro de Alicia, así ha ocurrido.

¿Qué sensaciones trae para ti Alicia Enríquez? ¿Cómo te imaginas su carácter?

–No sé si imaginábamos algún carácter, pero imaginamos sin duda una cabeza repleta de elementos que se arman y desarman, cosas que van mutando, un continuo paisaje que cambia. Lo demás da igual porque con eso basta: una cabeza rarísima que empuña un lápiz y que escribe o que raya o que escupe o que mancha o que da vueltas por una escalera sin llegar a ningún lado.

Los cuentos de Alicia atacan ahí donde dejamos de sobre explicar los porqués. El agobio a veces se siente como un escarabajo, como una embarazada en los hombros, y las escaleras pueden ser un umbral en donde entras siendo distinto de quien serás al final. Todos esos cuentos transmiten algo de ella que es muy marcado, ya sea una emoción de angustia o desesperanza, algo que pesa.

La redescubridora

María Mazzocchi escribe un bello prólogo para esta versión del libro. Leer su prosa me es un gran descubrimiento, en su pureza y acercamiento con la figura de Hervin Araneda Enríquez y la de Alicia, me veo emocionado. Es como si cada palabra, coma o respiro hubiera nacido para caber allí y traer de vuelta esta historia.

En conjunto con un estudiante de Letras (me dirá horas antes Hervin), María tomó el rol de acercarse con el único hijo de Enríquez. Naturalmente, por su suavidad en el trato y naturalidad para conversar, logró formar un cariño muy genuino con él. Este le abrió las puertas de su casa para mostrarle los archivos de su madre.

Me ha llamado mucho la atención el vínculo emocional que has formado con la figura de Alicia, sin alguna doble intención, solo por ayudar o aportar.

–Lo que pasa es que fue tan azaroso que hasta me da ese vértigo de cuando algo pudo no haber sido [ríe de nervios]. La verdad es que es un libro que a mí me marcó muchísimo, tanto por el libro como por las circunstancias. La escritura me llegó mucho: cómo escribe, las palabras que ocupa, la sensibilidad para ahondar en los sentimientos, las temáticas y la imaginación desbordante. Tiene como una maestría muy admirable en la narrativa breve.

Por ejemplo, otros textos tienen mucha experimentación, yo creo que ella debe haber entrado en un éxtasis, una fiebre por leer, y absorbió todo lo de las vanguardias, todo lo que leyó. Lo siento en estos cuentos, a pesar de que le faltó como más edición… la Julieta tuvo que editarlo bastante, y yo también pulí algunas cositas.

¿Cómo qué cosas?

–Cosas formales, algunas desprolijidades. Estaba con distintas letras, algunas faltas de ortografía y en una edición ultra mega barata. Es consecuente también al querer retirarse de la vida literaria. Después ella ni siquiera se juntaba con sus amigos poetas, porque ella participó de la SECH, pero después se fue retirando cada vez más.

Me hablaba Hervin de que se juntaba con Sara Vial o Ennio Moltedo.

–Sara Vial fue la que gestionó el prólogo con Pablo Neruda, fue todo gracias a ella. Y ahí Pablo Neruda le dijo: me gustaría hablar de unos detalles, yo creo que también se dio cuenta de eso. Ahora, en esta edición, están súper pulidos.

María Mazzocchi escribe en el prólogo: « …es una antología que reúne ocho relatos escritos durante la década del sesenta sobre un palimpsesto que deja traslucir gestos vanguardistas y metaliterarios, entrelazados con experimentaciones del neobarroco y del realismo mágico propio del boom latinoamericano, pero que encuentra sus bases más profundas en el existencialismo francés y el romanticismo alemán».

¿Cómo te imaginas a Alicia?

–Ella era una persona muy culta, leía un montón. Se me empalma un poco la figura con Clarice Lispector: son personas muy autodidactas, muy. Bueno, eran mujeres también, que se fueron labrando un camino, y recluidas. Por eso las asocio, aquí en Latinoamérica, ¿no? Ella, Clarice Lispector, Guadalupe Santa Cruz, tienen una cosa muy bajo perfil.

Con los pequeños retazos con los que estoy formando de ella, me imagino su carácter fuerte. Me imagino que en esa época tener una invitación para conocer a Pablo Neruda y no haber ido, habla mucho de cómo era.

–Ella tenía sus convicciones bien claras. Piensa tú que una mujer que crio prácticamente sola a su hijo y con el cual tenían algunas diferencias. No sé, cuánta gente igual hubiera ido a conocer a Pablo Neruda, era una oportunidad tremenda. Habla mucho de ella esa decisión.

Escasos artículos que refieran a Alicia Enríquez se conservan en la Biblioteca Nacional Digital. Este es uno de ellos, escrito por uno de los especialistas que ha tenido nuestra literatura: Julio Flores. Por entonces, los grabados de Carlos Hermosilla eran comunes en las portadas de la literatura local.

Si bien he visto pocas fotos de ella, hay algo en su temple que me parece potente.

–Era muy fuerte de carácter. Con su hijo tuvieron que haber tenido una relación muy difícil, porque ella también quería hacer sus cosas y él no estaba dispuesto a seguirla en todo. Yo estoy segura también de que ella era una persona muy temperamental. Es que no hay forma, o sea, para poder vivir en un fundo lechero, ordeñar vacas, pasar frío, hacer de todo. Es una persona que siempre quiso morir en su ley, y eso tiene un costo.

 Hervin (Araneda) Enríquez, el hijo

Subo en ascensor mirando la tierra y entro al departamento mirando en vastedad al mar. Me repliego en el asiento de cara al agua y Hervin a mi costado. «Ahora sí los dejo tranquilos» dice su esposa después de dejarnos café y unos trozos de dulce queque.

El hijo se ve removido por conversar sobre Alicia, su madre. Reúne sus dos manos que al compás llevan el ritmo de la conversación. Entonces mira al costado del mar mientras rememora el proceso de juntarse con María (Victoria, le dice, y me da no sé qué decirle María). Su voz trastabilla a ratos y se emociona con algunas anécdotas.

Me lo imagino en dualidad, Hervin niño y Hervin adulto, juntos, revisando los archivos a dieciocho años de su fallecimiento.

El diseño de portada de Francisco Cardemil coloca a la vista el secreto y la monstruosidad que contiene el libro.

Hace tiempo que no se editaba algo sobre ella.

–Hace bastante tiempo… Mi mamá yo creo que era una gran escritora, y en un tiempo distinto al de ahora. En esos tiempos era una persona muy adelantada en comparación a los escritores de la época.

También he leído en notas de prensa que era adelantada con algunas ideas.

–Claro, ella siempre estuvo a la vanguardia con ideas que ahora son comunes, pero en ese tiempo causaban mucho más recelo que ahora.

¿Qué piensa sobre esta nueva edición? 

–Creo que es un reconocimiento tardío. Ella debió haber sido reconocida como una gran escritora en su tiempo. No lo fue, tal vez por su forma de ser o por las mismas características de los escritores de ese tiempo. Eran grupos cerrados, no congeniaban mucho, había mucha disputa dentro de los escritores, no existían los medios de comunicación como existen ahora. Yo siento que esto es como un renacer para ella, lástima que no lo puede disfrutar nomás, pero me alegro de que esto suceda.

¿Cómo se ha sentido usted al volver a visitar sus recuerdos, quizás al reabrir todo este proceso?

–Mi madre vivía de la escritura: su gran amor yo creo que fue la escritura. Ella vivió su pasión; revivía, era como el gigante Anteo, hijo de Poseidón y de Gea, que tocaba la tierra y revivía… Y así fue hasta los últimos años de su existencia.

Hervin Araneda se ha dispuesto a la nueva vida de su madre escritora. No todos los herederos son así.

Lagrimean sus ojos al recordar esa etapa de su madre.  También lo hace cuando cuenta el momento en que la detuvieron junto con José Naranjo por escribir Cuentos de mar y tierra (1976). Esa sensibilidad para con su madre, pese a no indagar en detalles, me transmite un cariño muy profundo hacia ella, y una relación entre ambos muy particular.

Me cuenta sobre su labor como profesora, en donde también tuvo muchos problemas con directores o colegas en colegios, e incluso en ese ámbito escribió un libro sobre la disciplina, con una visión bastante distinta a las de la época. En esa línea, hizo un respetable trabajo en la región como profesora rural.

Le preguntaba sobre reencontrarse con estos temas porque lo noto emocionado al hablarlos. Es gran un tema, me imagino, conversar sobre esto.

–Además que fui siempre medio llorón, por muy poco me emociono. Nunca puedo despedir a un amigo, por ejemplo, en un funeral. No podría hablar.

Cuando hacía clases en Villa Alemana, ¿usted vivía con ella?

–No, yo me casé muy temprano, a los veinte y tantos años. Aunque era una madre con una personalidad extraordinaria, que quería tener al hijo siempre al lado de ella. Yo tratando de llegar a tener una libertad de ella me inscribí en la universidad agrícola en Laguna Verde.

Hay una escena en el prólogo en donde usted le preguntaba qué hacía y ella le decía que escribía un cuento. ¿Cómo era ser niño o adolescente y vivir con una escritora?

–Yo despertaba en la noche y veía que estaba escribiendo. Le decía: mamá, acuéstate. No, me decía, tengo una idea, la estoy escribiendo. Y eso era más o menos continuo, de repente soñaba algo y lo trataba de dejar escrito. No era fácil vivir con ella, porque era una mujer muy especial. Sí la acompañaba a todos los eventos que ella tenía. En las reuniones de la SECH, aunque con los años mi mamá más se fue aislando. De repente se fue en el olvido de la parte literaria, o ella quiso que la olvidaran.

¿Por qué habría querido eso?

–Algo debe pasar en el espíritu de la persona que no logra lo que pensaba que debía lograr y que merecía lograr, y quizás eso mismo la aisló con los años y se hizo más ermitaña con los años, muy ermitaña. Hasta que dejó de escribir ya, por salud. Ella fue una persona muy lúcida hasta los últimos momentos de su existencia. Tenía un uso extraordinario del lenguaje; era muy fina y sabía usarlo muy bien.

¿Cómo así?

–Lo usaba tan bien que cuando ella se enojaba con alguien, sin decirle jamás un garabato, parece que a la gente le dolía lo que le decía. Igualmente, cuando expresaba su cariño y su amor lo expresaba así, no con la frase común y corriente.

¿Y a qué se refiere cuando dice que tenía un carácter especial?

–Se hacía notar. Quizás quería hacer valer sus ideas en sus conversaciones. Además como era una persona muy culta, al interlocutor lo opacaba un poco. Tocaba un tema y lo podía desarmar. Era una persona rebelde con su tiempo también, yo creo que no encajó en su tiempo. Quizás en este tiempo hubiera sido más feliz.

(*) Ilustración de Vladimir Morgado. Fotos cedidas.

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