Cartografía de Ruta. Otros asedios a la poesía (Una temporada en Isla Negra, 2023) es la última publicación de Damaris Calderón. Un mapa para localizar a las figuras fundamentales que le han acompañado en la comprensión de este país.
Por Camilo Jorquera
Hace casi treinta años Damaris Calderón Campos (1967) llegó desde Cuba a Chile, un viaje presuntamente breve que se convirtió poco a poco en una estadía permanente. Estando acá se ha dedicado a la crítica, la docencia, la pintura, la poesía, el ensayo y la edición; contando con varios premios a su haber (Premio Poesía de El Mercurio, Premio Altazor, Premio a la Trayectoria por la Fundación Neruda). Cartografía de Ruta. Otros asedios a la poesía resume las lecturas que formaron gran parte de esa historia, los viajes, el litoral, las islas, la amistad y la memoria.
En él se reúnen una serie de textos de distinto corte (prólogos, reseñas, presentaciones) donde es posible trazar una línea desde Eduardo Anguita y Alfonso Calderón, pasando por Elvira Hernández y Gonzalo Millán, hasta llegar a Isabel Rivero y Jean Jacques Pierre-Paul. Encontramos una gran riqueza analítica en la prosa de Calderón. Ojo y letra aguda en donde lo clásico dialoga con lo contemporáneo, la naturaleza increpa a la ciudad y la poesía crece como hierba en las provincias.
Llevo esta Cartografía de Ruta conmigo. La paseo por el metro, plazas, mesas, la rayo y la converso. Camino junto a ella y es echarse al bolsillo a una treintena de autores, estos son los compañeros de viaje de Damaris Calderón. Esos guías que indican, como entrenados copilotos, las bifurcaciones en la carretera, hidratan, cambian las estaciones de radio y nos alivianan el camino.

Cartografía… y sus textos son un acto bondadoso. Funciona cual punto de partida, una invitación a nuevas lecturas (o relecturas) que no están ancladas a la constante glorificación de los grandes nombres y los centralismos (aunque para nada los desconoce). Más bien, nos encontramos ante la búsqueda genuina de comprender un territorio, a los otros que le habitan y, claro, a uno mismo. Me gusta pensar estos textos como una brújula que nos ayuda a surcar esta navegación mistraliana.
Termino esta lectura-viaje lleno de inquietudes. Una videollamada a Isla Negra llega a resolverlas.
Para conservar la memoria de un país
–¿Cómo surge el impulso de escribir y recopilar esta Cartografía de Ruta?
–Trato de leer el país como si fuera un viaje, una cartografía. Desde que llegué acá estoy compartiendo con poetas, escritores. Justamente con una escena que no es la tradicional, canónica, sino bastante dinámica, incluso regional. Esos son los circuitos en los que me fui desplazando.
Es imprescindible el archivo, es imprescindible la memoria. Creo que esta se va cotidianamente borrando, perdiendo, lapidando, de las formas más disimiles e increíbles, ya sea inconsciente o ejercida (el borramiento). Es la necesidad de rescatar, de buscar algo como si fuera un arca el libro. Recopilar esto que ha sido reseña, esto que ha sido presentación, y tanto más que no está publicado aquí, está en otras partes o que sencillamente se extravió. Que eran apuntes de servilletas de presentaciones que se quedaron en bares y nunca más encontré una transcripción.
–¿Cuánto servirán estos textos a la poesía chilena?
–Es bueno recogerlo, dar con este corpus como parte de una cartografía, fragmentaria, pero para mí también necesaria en cuanto a otra lectura de la poesía chilena. No desde un canon, no desde una ruta que va por las grandes editoriales o la centralización. Es justamente una ruta que se va desplazando, eso es lo que me atrajo de esa escena: el dinamismo y la diversidad. Ahí surge esa necesidad del libro.
–¿Cuál fue el método de escritura?
–Yo voy haciendo muchos apuntes, y muchos de ellos se recogen en ensayos, pero hay tantos otros que permanecen inéditos. Crónicas de mi estadía en Santiago, el conocimiento de tomarle el pulso a la ciudad, a la cultura, recorrer los barrios, las picadas, escuchar las canciones que trajeron los peruanos para los barrios que se van armando en la ciudad santiaguina. Mientras viví en ella la sentí y, cada vez que voy, la siento también como una ciudad mutante donde todo cambia muy rápido. Va desapareciendo. Hoy esto era una librería, luego pasa a ser un centro comercial, un cine triple X, después pasa a ser un almacén. La ciudad es mutante. Por un lado los terremotos y también el descuido por el patrimonio, la herencia patrimonial. Casi no hay vestigio colonial en la ciudad. Hay un diálogo imposible entre la catedral de Santiago y una torre moderna frente a ella.
Trato de ir recogiendo eso, ya sea en el poema, en el relato, la prosa, el ensayo. Lo que yo llamo: mis criaturas centáuricas. Las siento vivas, corriendo, y no encasillables, no fijas sino mutando de un género a otro tratando de retener esa memoria aunque sea en fragmentos. Un cierto muestrario que pueda dar una ruta.
–El prólogo del libro deja bastante claro que este no es ni pretende ser un canon literario. ¿Por qué te parece necesario hacer esa precisión?
–Creo que muchas veces se tiene la presunción de un dictado, pero esta es una propuesta, otra propuesta de lectura. No me gustan las hegemonías. El libro está hecho desde la búsqueda, desde el asombro. La invitación va por ahí, me gustaría que el lector se acerque de esa manera, no como un dictado porque no es un deber.
Las voces de un país son múltiples, muchísimas. Son una serie de voces recogidas en ese proceso que se pretende compartir, quizás no sean las voces canónicas, los premios nacionales, pero son autores muy atendibles que han escrito libros importantes, registros importantes de esta voz coral que es Chile, formado por tantos pedazos y pueblos que tardan en reconocerse unos a otros.
Una tabla a la que agarrarse
–Antes de asentarte en Isla Negra llegaste a Santiago en 1995. ¿Cómo es ese tránsito desde La Habana hasta Santiago?
–Yo vine invitada por un poeta y periodista que falleció recientemente, quizás el año pasado, Daniel Osorio. Él junto a otros amigos hacían una revista y me invitó. Dije que sí pero que estaría un periodo breve. Lo que yo conocía de Chile era lo que señalo en el libro: Violeta Parra, Víctor Jara, Gonzalo Rojas, Lihn que había estado en Cuba, ya conocía literariamente a Elvira Hernández, Verónica Zondek, Soledad Fariña, las había leído antes de llegar. Mi viaje era acotado, iba a estar máximo seis meses, y en ese tiempo entro a trabajar en Cuarto Propio. En un invierno horroroso el 95’, para mí todos los inviernos son horrorosos pero este era mi primer invierno. No sabía si iba a sobrevivir.
–En aquellos años Cuarto Propio estaba en su época dorada.
–Cuarto Propio me da la posibilidad de que, en esa época, en mi mesa de trabajo tuviese inéditos de Pedro Lemebel, inéditos de poesía mapuche que se empiezan a publicar incipientemente, poesía y literatura de género. Es un mundo que me empieza a atraer mucho, mientras tanto estaba haciendo eso. O como dicen acá en Chile: «por mientras», «esto es por mientras», pero me regreso en un rato más. Y así me voy demorando un poco más porque estoy trabajando aquí, luego empiezo a hacer el magister, a participar con los poetas, la generación del 80’, me voy desplazando por provincias, conociendo.
Me va interesando el panorama que voy conociendo, yo voy conociendo el país. Es lo que trato de hacer hasta el día de hoy: comprender un país a través de su cultura. Y de su cultura, a veces dolorosamente, poco apoyada, ignorada, vapuleada, mirada en menos cuando comparas con la economía que interesa más pero que a mí me parece que la cultura va dotando al país de una consistencia, de una voz y un relato. La interlocución con el país que para mí son sus poetas, son sus autores. Siempre he creído, incluso ahora en los momentos de más desaliento, que están estas voces como una tabla a la que agarrarse. Uno tiene que escarbar y escarbar, llegar a Pablo De Rokha, a la voz de Violeta Parra, a la lira popular, Carlos de Rokha, a Alfonso Alcalde. Uno tiene que llegar a esas voces que escribieron con toda esa fuerza, voluntad y vigor.
–Siguiendo esos mismos adjetivos que utilizas en el texto «Traspasé la casa de Parra y encontré el bosque», ¿en qué momento decides dejar esta ciudad-amoral y moverte a esta naturaleza-moral?
–Eso fue en el 2011 si no me equivoco. Llega un momento en que estaba saturada hace mucho tiempo de la ciudad, o ciertas cosas de la ciudad. En realidad yo quería irme al norte, o al sur, algo más radical, pero aún hacía clases en la Finis Terrae, entonces lo que más se parecía a lo que yo buscaba era Isla Negra. Decido dar el cambio y me vengo para acá. Todavía está urbanizándose, yo vivo en un lugar semirural, agreste, entonces el cambio es bastante contrastante. Y, efectivamente, detrás de mi casa a una cuadra está la casa de Nicanor Parra, que es la casa donde está la capilla de la antipoesía. Yo recorría ese camino, cuando no estaban los cercos, con mi perro. Creo que las mejores cosas se dan caminando, no soy autora de escritorio, pienso que caminar hace mucho bien para la poesía. Y bueno en una de esas cuando voy caminando contrasto las casas y con ello las lecturas de los poetas. ¿Cómo es la casa de Neruda? Abigarrada, llena de cosas, proliferante, como su misma poesía. ¿Cómo es la casa de Parra? Abierta, con una rendija para que el viento pase. Las casas me fueron dando el contraste de esos poetas.
Más allá del canon
–En uno de los textos mencionas justamente a Neruda diciendo que él trae y llena la Isla Negra de metáforas, me pregunto en ese caso ¿qué es lo que tú crees trajiste y con qué esperabas encontrarte allá?
–La expectativa mía no era la isla, pero estando en ella y llegando luego de tocar fondo en la ciudad (buscando un cambio, esperando que de aquí salga otra cosa) me doy cuenta que la isla está cargada de las metáforas de Neruda. Para empezar no se llamaba Isla Negra, no es una isla, es una metáfora. Isla Negra es Neruda, viene mucha gente al alero de él o a confrontarlo, o establecer una ciudad del litoral de los poetas. Eso mismo es arduo, vivir en un lugar presuntamente poético y encontrarte que es muy árido en muchas cosas. O que ve la poesía en el sentido más epidérmico o turístico. Vender una imagen y no la imagen profunda que puede estar subyaciendo en el litoral, en la gente que lo habita.
Isla Negra me permite leer en los espacios, confrontar al autor con los espacios, con sus materias como diría Gabriela. Y me permite ir redescubriéndome, encontrándome y mirar la Isla, Cuba, desde otra mirada. Llegar a una isla que es una metáfora poética para mirar otra isla: mi país. Y mirarme a mí un poco, una isla dentro de la isla. Además de establecer las conexiones, no estamos tan solos. Todos somos islas pero también nos vamos encontrando y formando un archipiélago. Eso ha sido Isla Negra.
–¿Cuál es tu relación actualmente en cuanto a escarbar lo que están produciendo quienes habitan Isla Negra?
–En la pandemia todo se congeló, el tiempo se detuvo, fue una cosa muy rara. Después ha estado reactivándose y creo que hay unos deseos mayores de poetizar, de escribir, de mostrar el territorio y en ese sentido hay mucha más actividad. Hay actividades, lecturas, poetas, gente que está produciendo en El Quisco, Algarrobo, Las Cruces, la Isla; San Antonio es otra cosa. En todos estos pequeños pueblitos costeros donde uno podría pensar que irrumpe la vida nada más en el verano y que en el invierno remolonean los gatos gordos o se padece el frío, la verdad es que no. Hay poetas, hay gente creando, escribiendo, pintando y eso se está articulando. Yo siento, de hecho, que empieza a haber una columna vertebral, un hilo que va más allá de los puntos locales, empiezan a dialogar entre sí. Puedes encontrar poetas leyendo en Algarrobo y también en Las Cruces o en la Isla.
Pasando de un territorio al otro del litoral, es una escena mucho más dinámica y eso me anima, me da esperanza. Antes había una escena desde una cierta momificación bajo los grandes nombres, el litoral de los poetas eran Neruda, Huidobro, Parra, y sí, indudablemente, pero con todo eso hay también una gran cantidad de efervescencia y creación que se está produciendo.
(*) Ilustración de Vladimir Morgado.
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