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Crónicas

Hay que saber olvidar

A nuestra redactora le encargaron un libro sobre Peñablanca, justo en el momento en que vuelve a él. Aquí nos cuenta el proceso de creación de su tercera publicación.

Por Silvana González

Es complejo enfrentarse a un territorio. Eso lo sabemos quienes hemos intentado hacernos cargo de alguna manera, de las formas y ritmos que hacen propio un espacio que a veces, solo nosotros tenemos el afán de contener. No quiero decir de manera egocéntrica que solo esta manera sea válida, la de a través de la palabra poder extender una red por la cual se cuelen personajes, caracteres y tonalidades. Pero sí, es la única que no se borra con el tiempo, porque hasta los monumentos y las plazas pueden llegar a destruirse. Ese documento que se hace creo darle ese título con bastante respeto– crea unas imágenes que, como dice Arendt, generan la latencia de que si ya existieron pueden volver a suceder.  Cuando uno escribe se compromete con que pueda ser leído y, por ende, existir. ¿Y si por descubrir la esencia de un lugar termino desnudándolo, dejándolo a expensas de cualquiera, de un aprovechador, o de un mal pensado? Al escribir de un lugar medio desconocido le arrancamos un pedacito que puede volverse realidad. Y lo escrito ahí queda, hundiéndose para siempre entre sus tapas, listo para ser detonado por quien lo lea.

Tengo mucho recelo por mi pueblo. Así que es una contradicción el que actualmente escriba sobre éste y peor, que desee hurgar en su secreto. Pero al mismo tiempo ese secreto pueden tenerlo todos los lugares: está ahí para todos y por todos es manoseado. El tesoro está cada vez más expuesto: es lo que falta, lo que se hecha de menos de un lugar. Que fácil irse por ahí.

Tiene que ser algo más, pienso constantemente al tratar de escribir sobre estas calles. No permitir una empalagosa nostalgia gane el juego. Creo que el tesoro es algo que sólo quien desea retratar puede ver. El tesoro es la suma de la intimidad que pueda poseer un espacio con sus seres. Un lugar elige a sus habitantes, no al revés, de eso estoy segura.

Cuando hubo un asesino en esta zona, provenía del norte, no era de aquí. Pero si hubiese otro, sería bastante denso y al mismo tiempo olvidable, como el que elegí contar en uno de mis relatos. Hay otras cosas que ir mirando aparte de los sucesos escabrosos. Las personas que activan lo que sólo sería un pedazo de tierra sin ellas. Aquí en Peña sí que lo fue. En ese transcurso de tierra, casas y hoy, departamentos, alguien mató, alguien amó y alguno se dejó atrapar por la oscuridad para quedarse. Todos ellos son parte innegable de un lugar, todos tan delicados y transferibles a la página, a lo Henry James, con la imposibilidad de captar todos sus matices psicológicos de manera acertada.

Estoy habitando desde hace un par de meses cerca del lugar en que crecí. Esa situación me ha traído altos y bajos, entre ellos, comprender lo ilusorio que fueron mis años en Valparaíso. Hay ciudades como esa que te cobijan y te hacen pensar que eres suyo, te seducen. Pero cuando escaseamos como personas, nuestro lugar es aquel que calza con nuestra forma. Infelizmente entramos en ese molde perfecto, aunque lo mejor es siempre irse.  Estando aquí me he resuelto en caminatas y con ellas las sorpresas encontradas han sido convenientes a mi relato. La mayoría de los sucesos, sin embargo, están en mi recuerdo, que pasa velozmente por el costado cada vez que camino.

El acto creativo tiene mucho de saber olvidar correctamente. Si yo trajera ese recuerdo que me surge al caminar, tal como fue, si me apegara a él caprichosamente, no tendría ningún sentido: nada es interesante. Solo es interesante en la medida en que lo olvido y trato de rehacerlo.

Por otro lado, esta zona del interior es atrapante. Cuando hay problemas, el sol pesadísimo, parece que los hundiera aún más, los incrustara. El otro día salí a caminar y noté las uvas derretidas en la vereda. Escribí: «El verano quema la fruta en vez de alimentarla. Las idóneas son las que encuentran un espacio entre la sombra de los ramajes, en donde se equilibra el viento con el sol y expanden así un buen tamaño y afirman la carne. Ahí al fondo de los patios, se ven brillando con su perfección desde lejos».

Como esa hay otras nimiedades en las cuales me fijo y que en el momento se hacen fundamentales. En casi todos lados hay uvas. Lo importante es poder responderme por qué estas son distintas a las de otras regiones. Son distintas porque soy yo quien las mira, y poniéndome romántica, porque yo las hago existir en el relato, antes de esto, probablemente estuvieron muertas. Ante cualquier tristeza, esas uvas y este paisaje son lo que puede refrescarme, son mi Caribe y mi Europa, que cobijan suavemente a su vez los días de muchos otros. Si yo escasamente viajo, en ellas puedo encontrar un continente, y allí, entre cada recuerdo que puedo olvidar para poder escribirlo, me doy cuenta de que aparte de escritora, soy millonaria.

Me propusieron escribir de mi tierra, como le dice mi papá. Sé que hay muchas familias que así consideran a sus respectivos pueblos. Interesada sobre todo por mi paso por aquí, acepté la oferta. El sueldo por ahora no existe, o sea que sí o sí tengo que amar ambas cosas para hacer esto. La editorial ofrece pertenecer a una gama de crónicas territoriales. Leí algunas y comprendo que mi papel en el espacio no tiene mucha latencia. No tengo historias grandes que contar. Aún así creo que Peña puede tener algunas, que le sacaré a la fuerza, como se hace toda escritura, o al menos así lo hago en mi caso.

Cuando digo que es complejo enfrentarse a un territorio es porque uno no termina de entender qué es lo que hace esa porción, cómo sopesarlo. No podemos partir diciendo, Peña es importante porque, desde, hace. Tenemos que entender que es muy pequeño el espectro de personas afectadas por sus lugares, al menos hasta que escupen un artista o un desastre los abate. Recuerdo haber temido mucho de un lugar en específico en mi infancia, debido al relato de otras personas, a sus advertencias. Actualmente me da risa porque siento que, en mi inocencia, mi huasa interior, temía de lo ingenuo. La gente de la ciudad se burlaría sin piedad de mí. Pero en ese momento fue algo importante. Entonces ahí es donde debo excavar, en la importancia, aunque sea pasajera. Esas importancias son las que, aunque individuales, a momentos pueden sentirse colectivas. A lo mejor esas importancias de hecho son el tesoro y el secreto de un lugar. O a lo mejor no hay tesoro y uno se inventa uno, porque ama. Recordemos que el amor hace ver hermosura en donde no la hay.

(*) Fotografía cedida por la autora.

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