Experimentar en pequeños retazos la ambigüedad y escapar de la clasificación desafía pero enriquece no solo la hoja de Pablo, sino también la conversación con él cuando tratamos de conocer al autor detrás de La vida toda (Editorial Bogavantes, 2023), su trabajo y las conclusiones alrededor de eso.
Por Tabata Yañez
Lo que al principio brota no se muestra tan lúcido como cuando madura y hay historias que se sostienen por sí mismas una vez que se les da de comer, se nutren, sin perder la poca claridad y la pulsión por la que nacieron. Definirlas es algo que no va con Pablo Ayenao (Pitrufquén, 1983), escritor del sur, Temuco, porque tampoco duraría mucho, su escritura siempre se tensa, le gusta ir moviéndola, cambiándola.
Él refleja exactamente lo mismo que su obra. Baraja las respuestas a mis preguntas considerando todas las opciones, se va por una, pero no omite la otra, pone sobre la mesa un punto para luego dar dos. Estudió Pedagogía en Castellano y Comunicación en la Universidad de la Frontera y es Magister en Ciencias de la Comunicación por la misma universidad. Ha publicado Flúor Flúor (Poleo Ediciones, Chile, 2011), reeditado el 2013 por Venérea Violenta Ediciones. Memoria de la Carne (Editorial Bogavantes, Chile, 2015), Antes que el alba te sacuda en el pavimento (Ediciones de la Ausencia, 2015), Animales Muertos (Cagtén Ediciones, 2021) y el flamante La vida toda (Editorial Bogavantes, 2023).
Su última publicación, un conjunto de nueve relatos, son monólogos complejos no solo en la forma, sino también en el fondo, donde el lenguaje desborda en la primera, segunda, tercera historia y la que sigue después, como un conjunto de muñecas rusas que van apareciendo en bucle. Personajes que llevan a una oscuridad con detalles que ignoramos y sentimos solo en imágenes.

Pablo lleva la escritura por un mismo sendero, poesías en prosa, cuentos que recogen el simbolismo del verso. Tuvo cuadernos donde anotaba textos que no podía descifrar y en ese tiempo, su escritura era una sola y, quizás, lo sigue siendo. Esconde el «yo» y habla de «uno», inclinado a disminuir la primera persona incluso en nuestro diálogo. Obtuvo las becas de creación literaria del Fondo del Libro en las categorías de novela y poesía el 2015, el 2016 ganó el Premio Municipal de Literatura de Santiago, en la categoría novela, por Memoria de la carne y el 2018 obtuvo la beca de creación literaria del Fondo del libro, en la categoría de poesía. Respecto a estos reconocimientos, cavila: «No sé, supongo que uno es varias cosas a la vez. Pero según yo diría que soy un escritor no más. Con eso es suficiente. Un escritor del sur de Chile».
–¿Estás de acuerdo con las etiquetas? Me dijeron que eras un escritor mapuche y gay.
–Tengo muchas respuestas y todas no son muy coherentes porque han cambiado a lo largo del tiempo y también la forma que entiendo la identidad. Lo de mapuche y homosexual, claro, son cuestiones identitarias. No sé si lo entiendo tanto como etiqueta, tampoco quiero ser tan postmoderno, de andar sacándome las etiquetas. Pero sí entiendo las identidades como decisiones políticas. No me molestan en lo absoluto las etiquetas. Si me dicen escritor, mapuche, escritor homosexual, todo bien.
Pero en realidad a mí me gusta, si es que lo que escribo tiene resonancia, que sea por lo que es, más allá de las etiquetas del autor, aunque entiendo que sea inevitable la congruencia. Dentro de la literatura mapuche, las disidencias mapuches, yo diría que tienen como un hilo dentro del canon. Es una senda que han trazado y ha sido un tópico importante. Creo que no es tan raro.
–Has publicado cuento, novela, poesía, ¿por qué se dio eso en ti?
–Si tengo que conceptualizar, lo haría así: escribo pequeñas historias, a veces en versos o en textos de más largo aliento. No podría escribir nada muy largo, como una novela de doscientas páginas. No siento que tenga esa capacidad, pero sí ir construyendo algo en pequeños retazos. Me interesan más las palabras en sí. Como no me preocupaba tanto de las etiquetas o subjetividades, tampoco me interesa cómo se tipifica lo que hago. He escuchado que mis poemas son muy narrativos y que mi narrativa es un poco poética. Pero yo creo que las palabras me dan la extensión más allá de lo que pretenda. No digo «hoy escribiré un poema, mañana un cuento». Ciertos simbolismos o palabras me van llevando a ese formato.
–Entonces, como trabajas con lo poético y lo narrativo, ¿tratas quizás de mantener cierto equilibrio entre ambas?
–No busco un equilibrio pero entiendo que la narrativa sin poesía también muere. Y viceversa, la poesía demasiado simbolista también puede quedar solo allí. Quizás hay una búsqueda inconsciente del equilibrio. Pero no busco ser exacto. Cuando escribo un cuento y me doy cuenta que es más descriptivo o más objetivista de lo que quiero, voy cambiando el switch. Trato de buscar significantes que sean más dinámicos, que me muevan y me generen opción.
–¿Qué atraviesa tu escritura?
–Trato de alejar la biografía de la escritura, entiendo que es algo ilusorio. Me alejo de las autoficciones, a pesar de ahora escribir harto en primera persona. Cuando uno ha publicado algunas cosas, te das cuenta que hay cuestiones que se repiten. Fui muy lector de Lemebel o Donoso, me encanta esa literatura así como homosexual, podríamos llamarla. Sin embargo, cuando empecé a escribir no pensé en esas temáticas. Me gustaba más la ambigüedad de lo que puede ser o no. No por rehuir, sino porque me daba riqueza en la hoja. Me gustan los personajes que no sabes si son homosexuales o no, hombre o mujer, esa indeterminación.
Me di cuenta que mis temas eran la violencia, la pérdida, pero no tanto lo otro que podía ser, incluso, lo mapuche. Yo me he sentido interpelado, escribí una novela mapuche, pero, ¿cuál vendría siendo esa? Una novela de amor vendría a ser mapuche o no. ¿Cuáles son los temas o no mapuches? En mis libros aparece gente mapuche porque es inevitable, o bisexuales u homosexuales, pero siento que mis temáticas no son ni tanto el indigenismo ni lo otro, sino más bien pueden ser todas un poco.
–Quizás lo que atraviesa tu escritura es experimentar.
–He escuchado harto lo de encontrar la voz literaria, tu tono de escritura, si encontraste te puedes quedar ahí. Pero a mí eso no me satisface, me gusta tener distintos tonos o voces, que sean muchas voces. Trato de escaparme de la clasificación, fíjate. Me gustan mucho esos libros que uno lee y dice que es un poco de todo. Me gustaría ser así, un poco de todo en realidad. Tratar de escapar.
–¿Cómo llegas a un resultado tan claro como una publicación?
–El tiempo va dando un orden porque yo no escribo todas las semanas lo mismo, voy variando. Si lo hago me tiendo a aburrir. Escribo todo más o menos junto. Entonces, claro, puede que en ese momento no pase nada, pero después de un año, por ejemplo, se me va aclarando bastante la película.
–¿Es más de pulsión?
–Sí, la escritura del día a día. Pero llega un momento en el que ya veo algo. Antes uno trabaja un poco a ciegas. En este libro de La vida toda yo estaba escribiendo monólogos, de hecho. Me gusta la primera persona pero la rehuía antes. Este libro lo empecé con monólogos porque estaba escribiendo otra cosa, quería cambiar el rumbo, y apareció ese monólogo. Y dije «lo podría hacer para el teatro, ya pero tiene que ser otro y otro». Así fue apareciendo cada relato, aparecía otro personaje y otro.
–En La vida toda hay relatos que me parecen complejos no solo en la forma, sino también en el fondo, su propio contenido, personajes que me llevan hacia una oscuridad, ¿por qué trabajas desde allí?
–No es que yo quisiera pararme de un lugar. Los iba construyendo desde ahí sin saber en qué iban a terminar, no tenía la historia clara. Cuando escribí el primero, después pasó del segundo, fui inventando mientras escribía. Lo que sí quería hacer era una experimentación a nivel de lenguaje, un poco más barroco, que en los libros anteriores donde quise trabajar un lenguaje más objetivista, más condensado. Y ahora no, quería que el lenguaje desbordara la historia. Eso tenía claro.
–¿Y qué atraviesa tu lectura?
–Difícil eso porque me pasa que voy cambiando de escritores que me gustan según la edad. Voy variando harto. Te diría que uno tiene influencias literarias que no se da cuenta, están en el inconsciente. Leíste algo que te gustó mucho y que quedó, de cierta forma puede aflorar sin ser una maqueta. Digo esto porque cuando estaba editando La vida toda encontré que se parecía un poco a la novela de Virginia Woolf, que se llama Las Olas. Ella es una de las autoras que me gusta y me sigue gustando. Pero la había dejado de leer hace rato, ya tengo cuarenta, la dejé de leer a los treinta. Pero sí me gustó mucho durante tanto tiempo. Me gustó mucho Agota Kristof. La encontré parecida a una novela de Manuel Rojas también.
–En una entrevista contabas que habías escrito un par de libros de poemas que no te gustaban tanto y una novela que tampoco te gustaba mucho, ¿hoy existe algo tuyo que te guste?
–Los libros de poesía que efectivamente publiqué no me gustan mucho porque lo que escribo ahora es mucho mejor a lo de antes. Quizás me adelanté en publicarlo. Pero el «no me gusta tanto» es que no me dejaron tan satisfecho. Eso de no estar conforme con lo que uno hace es parte de la pega también. No, pero hoy nada. Aunque debo decir que soy mejor cuentista que poeta, creo. Con algunos cuentos de Animales Muertos estoy casi satisfecho.
–¿Dónde piensas que te llevará esa crítica?
–No lo tengo tan claro. No reeditaría. Uno queda con un ruido de que pude haberlo hecho mejor, pero tampoco me interesa como volver a sumergirme en textos que tienen harto tiempo. Pasan los años y uno ya es otro, el mismo pero otro. No me he quedado conforme. Pero tampoco sé si quiero llegar a algún lugar, quizás el único lugar es publicar algo que no me provoque desazón ni vergüenza.
–¿Vergüenza?
–Sí, a veces sí. En los primeros poemas uno siente mucha vergüenza. Quizás a lo que quiero llegar es publicar algo que me deje casi satisfecho, más de lo que he estado antes o casi estado.
¿Qué tipo de escritor quieres ser?
–Evitar el escritor personaje. Siento que es una pregunta compleja porque inmediatamente se te vienen a la cabeza los imaginarios de los escritores: los ermitaños, los malditos o, últimamente, los que tienen opinión para todo en redes sociales. Entonces, me cuesta vislumbrar o incorporarme desde ahí, desde qué lugar quiero ser. Quizás el único lugar sea el lugar de la escritura. El escritor que desaparezca un poco y quede la escritura o el lugar de la escritura, si es que queda algo. Me gustaría ir por ahí. Igual como uno viene del sur, el anonimato escritural es algo per se y en realidad me gusta harto, me gustaría seguir manteniéndolo siempre así. Me gustaría ser el escritor que prevalezca su escritura y no su persona.
(*) Retrato cedido por el autor.
Sin comentarios