Profesor, poeta y traductor. Recientemente su poemario Enolebrum (Bisturí 10) se adjudicó el segundo lugar en la categoría Poesía Publicada en los Premios Literarios. Aquí una semblanza a partir de su trabajo, sus ciudades, la amistad y las interrupciones.
Por Camilo Jorquera
(Casi) ni un alma en la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales. Unos cuantos profesores tomando café, unos cuantos administrativos enviando correos, unos cuantos guardias mirando el celular, unos cuantos alumnos con cara de desesperación.
El año académico ha terminado, pero el trabajo no se detiene.
Los papeles se van acumulando sobre esta estrecha y alargada oficina. Un tecleo frenético en el computador y el teléfono fijo suena que suena. «Sí, dile que pase», «que vaya al segundo piso», «te lo envío luego». Sombras golpean la puerta semitransparente que permite ver, ligera y distorsionadamente, las figuras de los estudiantes tras ella. «¿Necesita inscribir cursos? Ese correo ya le va a llegar», «¿tiene una deuda en biblioteca? Vaya a la biblioteca».
El hombre encargado de encontrar solución y respuesta para estas dudas es Kurt Folch Maass.
Profesor en la Escuela de Literatura Creativa, director del Magister en Escritura Creativa, Secretario Académico, poeta y traductor. Son estas últimas dos características por las que le conocía. Leí hace casi un año su traducción de Los Materiales de George Oppen (Bisturí 10, 2022) y en seguida su poemario Enolebrum (Bisturí 10, 2022), texto por el que recibió el segundo lugar en Poesía Publicada el año recientemente finalizado.
En Enolebrum (anagrama de Melbourne, ciudad donde vivió) nos paramos frente a frente con los imaginarios poéticos que ha construido Folch a partir del paisaje, las ruinas, los aromas, el liquen y el musgo. Llevo conmigo un ejemplar en la mochila junto al No hay paz (Una casa de cartón, 2023). Los repaso en el bus y el metro antes de llegar a la facultad. En ellos, el uso del espacio sobre la hoja ahuesada, las palabras son posicionadas como el perfecto desorden de la naturaleza, la poesía crece tal como la maleza en el verso-cerro de Folch.
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Kurt Folch nació en Laguna Verde, Valparaíso, en 1970. Se movió hacia el sur de Chile, estudió en Santiago, se fue a Limache, partió a Melbourne, Australia, regresó a Limache y se volvió a instalar en Santiago.
Los distintos paisajes y vegetaciones de estas ciudades son un punto angular en la obra de Folch. La infancia en la frondosidad templada de Laguna Verde, los caminos y cerros semiáridos de Limache y los largos viajes en tren por Australia.
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Miguel Naranjo Ríos me invita a almorzar para hablar de Kurt, su amigo y colega hace más de treinta años. «Evitaré pelarlo», me advierte.
Ausencia casi total de sombra y de verde en Santiago. Calor seco. Nos refugiamos en la terraza de El Faro. Partimos con una sopa, a pesar del sol, y así la mesa se empieza a llenar de botellas de cerveza y servilletas que secaron nuestras frentes sudadas. Comida casera, vecinos y trabajadores del barrio llegan a comer.
Suena Nirvana. «Para mí solo hay dos Kurt. Kurt Cobain y Kurt culiao», dice entre risas Naranjo. Se expresa sobre Folch con el cariño de esas amistades que se asemejan a la hermandad.
Se conocieron a principios de los 90’, en algún eterno encuentro y lectura de «poesía joven». Por esa época Kurt era un asiduo lector de César Vallejo y George Oppen, había pasado por la fundación (o «fundición») Neruda, había entablado amistad con La Calabaza del Diablo («en su prehistoria», menciona), quienes aparte de publicarlo a él habían colaborado con Verónica Jiménez y Alejandro Zambra. Y durante la universidad se había interesado por la traducción. Folch traduce porque le es necesario como el aire, y no solo lo hace del inglés al castellano, sino que dentro de su oficina interpreta y traduce rostros, problemas, soluciones y decisiones.
No sería hasta muchos años después que Kurt Folch y Miguel Naranjo comenzarían a trabajar juntos.
Miguel es diagramador y diseñador, principalmente, en Ediciones Tácitas, donde Kurt Folch ha traducido y dirigido colecciones. Naranjo me cuenta que su amigo era el encargado de recibir manuscritos para la editorial. Terminó dejando el cargo porque le era imposible decir que no y rechazar algunos borradores.
Recientemente para Ediciones Tácitas Folch tradujo a Tom Raworth (1938-2017), el trabajo se logró realizar en gran parte mientras el poeta inglés aún vivía.
Un viaje a Londres, encuentro de escritores. Folch y otros sudacas sentados e ignorados en una mesa al fondo. Raworth llega, abraza fuertemente a Kurt. Todos los ojos bien abiertos sobre el chileno.
Un correo llega a la bandeja de entrada de Kurt Folch, es Tom Raworth agradeciéndole por su pulcro trabajo a quien es, en sus palabras, «su traductor al castellano».
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Concreto y metal, por fuera y por dentro de la facultad. Escala de grises en la capital. La pared cubierta de papeles con letras negras y cuadros que estipulan horarios, locaciones y recordatorios varios. Entre medio de ellos un paisaje impreso: El espejo (1975) de Andrei Tarkovski. Margarita Terekhova sentada en una valla de madera, fuma y mira la verde y frondosa planicie del Tutshkovo soviético.
«Ese tipo de imágenes han permeado lo que he buscado escribir», menciona poniendo los ojos sobre la escena congelada. Fue una película descubierta al azar yendo al cine Normandie sin conocer la cartelera cuando aún se encontraba en la Alameda y su agenda le permitía ir a una sala de cine.

Es una ventana, o una vía de escape en la estación del trabajo administrativo. Es algo así como un Barton Fink santiaguino, mirando ese cuadro de la playa mientras intenta escribir guiones en la habitación de un hotel en llamas.
Kurt Folch contrasta el paisaje y el ritmo de la ciudad que ahora habita con la escritura de su poesía, ese pequeño frame pegado con cinta y su forma de hacer clases. En su curso de poesía chilena, al momento de pasar por Pablo de Rokha suena Genio y Figura de Ocho Bolas. El punk de la Quinta Región reverbera dentro de una sala de clases metropolitana.
El poeta y traductor llegó a la UDP por intermedio de Zambra, pues se necesitaba de alguien que dictara un seminario de William Shakespeare. A partir de allí ha tomado diversos cargos e impartido diversas clases de poesía y narrativa, chilena y anglo.
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El profesor Kurt Folch entra a la sala de clases. Habla largo y tendido sobre Jack Kerouac. Miradas de confusión y desentendimiento. «¿Lo conocen no? ¿Kerouac?». No hay respuesta. Con frustración ante el silencio Folch responde: «Mañana todos llegan con En el camino leído», y sale por la puerta.
–Supe que te fue mal con Kerouac, ¿te enojaste? –le pregunta Naranjo.
–No, no tenía ganas de hacer clases.
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Le muestro a Miguel Naranjo los libros que traje de su amigo. Los ojeamos con una porción de papas fritas entremedio. Las primeras páginas de No hay paz tienen letras repartidas por toda la página, «es una forma de jugar», me había explicado Folch horas antes. Cuando ha hecho talleres de poesía para niños dice que jugar con las palabras es la mejor forma de conectar con el lenguaje. También hay letras sobrepuestas una encima de la otra. A Naranjo, como diagramador y diseñador, le llama particularmente la atención el dolor de cabeza que debió ser para el encargado de la elaboración física del libro. Kurt me había comentado que para él esa distribución y repetición de palabras antes le era mucho más fácil, solo debía acomodar y retroceder la hoja en la máquina de escribir para pulsar nuevamente la tecla que levanta el metal con tinta. Sencillo. Ahora, tal vez aún más arcaicamente, lo hace en Word y PowerPoint. Las editoras de Enolebrum y No hay paz, Julieta Marchant y Karima Maluk (su vecina en Limache) fueron las encargadas de llevar a cabo la idea del poeta.
Naranjo observa los imaginarios y los paisajes de Kurt Folch: las quebradas y las piedras y la arena. Me comenta que cuando todavía vivía en Limache partía los jueves hacia allá, no había panorama o excusa de los amigos lo suficientemente buena que lo atara a quedarse en Santiago, volvía los lunes nuevamente. Así que las visitas de los colegas y amigos al interior de Valparaíso se hicieron más recurrentes.
Kurt los llevaba a recorrer los cerros de Limache, mirar la composición de la vegetación esclerófila hasta que llega la hora del almuerzo y se instalan en alguna picá a reposar bajo el sol. «Si las juntas eran con pololas íbamos solo por el día, si íbamos solos nos quedábamos hasta el día siguiente». Pasaban la noche escuchando «música rara», mezclas de sonidos andinos o africanos con electrónica.
(*) Ilustración de Vladimir Morgado.
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