Nuestra redactora logra ingresar a la intimidad de Carolina Lorca.
«Las cosas se agolpan en la puerta
Nuevamente pierdo la calma.
Lejos, muy lejos de aquí
he de conquistar
la tranquilidad».
Por Laura Flores Moraga
─Bueno, y qué piensas de la lluvia.
─Es como una broma del día de los inocentes.
─Yo pensé que era broma que ibas a venir hoy [reímos].
*
Decido contactarla. Escribo a la dirección electrónica inscrita en una tarjeta de papel gofrado tonalidad mantequilla que venía entre las páginas del Trilogía de los Presentimientos. Presiento la caducidad del correo y al minuto me llega el Mail Delivery Subsystem acusando el rebote del mensaje. Acudo a un vecino ─que por suerte le es cercano─, consigo por fin su número y marco. Fecha y hora coordinadas: 28 del 12 a mediodía, estoy afuera de su casa y la llamo por teléfono para avisarle mientras veo cómo las tunas comienzan, amarillas, a florecer. A la sombra de un pimiento se abre de manera automática el cerco que corta el muro empedrado y escucho «¡pasa!» desde el interior. No sé por dónde avanzar, sigo una huella apenas notoria por el lado izquierdo abriéndome camino entre los yuyos silvestres. El suelo está húmedo a causa de un aguacero veraniego. Finalmente llego. Carolina Lorca me recibe con amabilidad, de energía alta y sonriente. Nos saludamos de palabra.
En una casa de madera, con piso de madera y sobre una alfombra azul; un sillón de mimbre en el cual se sienta ella. Atrás y al lado, ventanas. Atrás y al lado, libros. Junto a mí un escritorio en el cual poso el vaso de agua que me convida. Hablamos de los árboles, frente a la entrada, una parra; en el patio, un palto, un naranjo y un manzano. Una araucaria joven al medio del campo.
─Esa la planté porque hay una ley que prohíbe cortarlas. Es un seguro que dejé.
No tiene huerta, al principio sembró tomates pero no prosperó. Tampoco ingiere agüitas de hierbas, lo suyo es el café de máquina ─de grano entero o molido─ y las cervezas ─de las corrientes─. La casa es iluminada y el reflejo de quien hace muchas cosas. Carolina ha hecho muchas cosas.
*
Como traductora
Está con ganas de retomar este ejercicio y tiene en carpeta un nuevo libraco: Heidegger y El Japón.
─Aprendí alemán cuando estudiaba en el Instituto de Filosofía, la universidad tenía un convenio con el Goethe y nos impartían clases. Ya después seguí por mi cuenta y, acompañada de un buen diccionario por supuesto, comencé a traducir. Aunque no lo hablo, solo lo leo y escribo porque es un idioma muy difícil, viste que tiene eso de los verbos separables entonces no entiendes de qué se está hablando hasta que se termina la frase.
Pero el manejo del idioma alemán no se ha ceñido solo al ámbito de la filosofía. Trascendiendo la división de sus quehaceres, ha utilizado este saber para espejar los poemas escritos también en castellano, de su libro A R. W. Fassbinder (2002) dedicado al desaparecido cineasta.
─Este lo empecé a escribir en España luego de su muerte que fue muy impactante para mí.
Me lo muestra señalando lo distinto del formato respecto a sus otras publicaciones. Que parece fotocopia, pero está en papel couché. Es el único ejemplar que conserva. Tamaño carta, apaisado y anillado con espiral negro a la izquierda. Sesenta páginas. Mica transparente al inicio y al final. Como si de un guion cinematográfico se tratase hay sinopsis, escenario, protagonistas y personajes, una decisión y epílogo. Dice R.W.F:
«…me parece que el amor es el mejor,
el más insidioso,
y el más eficaz
instrumento de represión social».
En vez de tatuarla en su piel prefiere transcribirla en el libro y así dar inicio a este pimponeo entre el director ─en cursiva─, y su paráfrasis como espectadora de las películas ─en regular─. A la estructura inicial le sigue un apéndice y culmina con una reseña al desarrollador que incluye una cita de Jean Genet en donde se vislumbra el sentido de la identificación, el por qué de este homenaje.
Como editora
Un año después otro libro se suma a su Colección de Poesía, el único ─a la fecha─ de una autoría diferente a la suya: La Bandera de Chile (Ediciones El Retiro, 2003).
─Con Elvira nos conocimos como en el 90 en una conferencia en la Biblioteca Nacional de Santiago. Siempre fuimos muy amigas, al principio hablábamos por teléfono casi todos los días, así nació la idea de editar el libro acá. Nos visitamos varias veces también, pero el tiempo todo lo separa.
Ediciones El Retiro es el título de su otrora proyecto literario-curatorial. El nombre es por el territorio en el que se emplaza, barrio en el valle inmediato a las faldas de los cerros del sector norte de Quilpué. Hoy capital provinciana y ciudad dormitorio, antes ─mucho antes─ destino turístico y recreacional que promovía como principal atracción al Hotel-Balneario, del que dos cuadras más allá se ubica la casa de infancia de Roberto Bolaño, y del que dos cuadras más acá la casa de adultez de Carolina Lorca. Precisamente a propósito de este vecino anacrónico es que me cuenta de la vez en que intentó hacerle llegar por encomienda una copia de La Trilogía, pero que calcula no alcanzó a recibir debido a la muerte del escritor, a quien ella sí leyó mucho.
─Pucha que tengo mala suerte.
Otro al que le llevó personalmente uno de sus ciento cincuenta ejemplares de este expediente poético, fue Nicanor Parra.
─¿Y le comentó algo, alguna opinión?
─Al día siguiente me invitó a almorzar, pero no me dijo nada.
─¿Y usted tampoco le preguntó?
─No, habría sido un gesto de debilidad de mi parte.
Al poeta lo describe como un viejo genial. Chillanejo, pícaro y serio a la vez. Lo reconoce como influyente, permitiéndole una voz más particular.
─Después de Nicanor Parra no se puede llegar y escribir cualquier cosa. El tipo es grande.
Se pone de pie y sale rápidamente hacia otra habitación en busca de un cigarro que enciende con fósforo. En el intertanto me percato de una especie de collage con una foto de Violeta y su guitarra más unas letras como de revista recortadas subtitulando «Poesía es luz». En otras imágenes: fotografías de infancias antiguas, un cojín con un bordado estilo precolombino del Dios de los báculos y un póster en negativo del perro Sogol de La Nueva Novela de Juan Luis Martínez, enmarcado.
─Ese se lo compré, junto con el otro que lo tengo en mi pieza. Él era muy buena persona, pero siempre muy enfermo. Venía siempre para acá.
─A tomar cafecito…
─Si, o cerveza también.
Como poeta
Sobre el apellido/seudónimo, era por un tío que la recibió con mucho cariño cuando, movida por el aburrimiento de estar en Santiago, intercambia de familia con una prima y se viene a vivir a Viña del Mar, ciudad de la cual su pariente ─Gustavo Lorca─ era alcalde.
─¿Has leído Una tarde con los padres? ─se levanta a buscarlo. ─Toma, aquí tienes tarea para la casa.
En este libro de Carolina publicado por Ediciones La Bohemia en Buenos Aires (2007), se transparenta sin dejar ninguna duda sobre su experiencia entre insoportables idas y venidas. Apenas comenzamos introduce:
«Por volver a alguna parte, vuelvo al rebaño.
Entro por la puerta para mirar
desde adentro.
Debo olvidar de dónde vengo».
Queriendo evadir cierta pulsión controladora sobre lo que debiese o no hacer, o estar, o ser, declara arrebatos, reclama afectos, añora tranquilidad, cuestiona lo normado.
«La obligación irracional de compartir el espacio
es una agonía de años».
Como docente
Quizás su labor más breve. Una vez titulada como profesora de filosofía trabajó durante dos o tres temporadas en María Pinto, un pueblito cerca de Santiago. Se vino para Quilpué e hizo clases en el Liceo Guillermo Gronemeyer por un año.
─Luego me retiré de la docencia para dedicarme a la poesía. Imagínate estar con cuarenta y cinco bestias que tienes que amansar y que la mitad te pregunte«¿para qué sirve la filosofía?». Es difícil.
*
─¿En qué está hoy por hoy?
─Eso me lo pregunta mi madre todos los días. No hago nada, así que no puedo perjudicar a nadie. ¡Vivo de vacaciones! [ríe].
No me da nombres de autores nuevos que le despierten interés. Tampoco asiste a ferias o lanzamientos, no sale mucho.
─Mis días son bastante monótonos. En las mañanas leo por internet el diario El País y veo conferencias y reportajes de cosas que me interesen. Esto no es algo voluntario, es que me siento bien en mi casa, acá estoy tranquila y no necesito de nada más.
Me comenta que ha abandonado la poesía. «De hecho, ya no escribo». Aunque sí tiene pendiente desde hace tiempo un poemario inédito, el Haikú al modo occidental. «Quizás este año me animo».
Salimos juntas ya que debe ir a comprar. La vecina de al lado nos saluda mientras dos rottweilers quiebran el silencio desde su fortaleza.
─Perros ridículos ─remata.
(*) Ilustración de Vladimir Morgado.
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