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Perfiles

Franklin Quevedo: Aguantar un temporal con una cañita de vino

Una caminata por las dos obras compilatorias del autor más porteño, nos permite recordarlo a cincuenta años de los hechos que cambiaron su vida y obra.

Por Daniel Valencia

Un paseo por barrio Puerto, una caminata por plaza Echaurren, pasando también por la Sotomayor y ojalá llegando a una hora de esas peligrosas a subida Ecuador, a ver si algún local sirve una de esas cañas de vino mencionadas en tanto cuento. La idea es saber si aún vive algo del Valparaíso escrito por Franklin Quevedo, si merodean por ahí los personajes recogidos en Regreso al valle del paraíso. Libro de cuentos que recopila lo publicado por el autor antes de su exilio, más algunos escritos posteriores que se editarán en 1995. Sin duda una prosa familiar para alguien criado por las epopeyas e historias de la ciudad, acostumbrado a oír de los marinos, bohemios, prostitutas y tanto personaje más de ese Valparaíso tan glorioso, tan puerto, tan de la societé a la vez que tan del pueblo, tan ficcional finalmente. Sin embargo, encontrándome con este autor graduado de porteño, no vi en sus textos al picaresco proleta de las narraciones clásicas, sino que a una serie de sujetos viviendo en una ciudad que siempre parecía al borde del desastre, de inundarse. En su prosa, que sin duda usa de sustrato esa construcción más bien mítica de Valpo, hallé una original construcción de pequeños mundos sumidos en una cotidianeidad trágica, pero a la vez tierna desde el uso del lenguaje, los personajes no abandonaban el diminutivo, ese recurso familiar y de camaradería, esto aún en el más duro remate a las historias narrada.

El puerto en Quevedo es una maquinaria que funciona día y noche toda la semana, el habitante se arroja a esta vida esperando sobrevivir, para ello se codea con familia y amigos. «Siempre ha llovido en mi vida», afirma uno de los personajes del cuento Ella, una pareja que, ante el clima y el olor constante a yodo de un viento de navaja, quedan abrazados y enraizados en la ciudad; hay que hacerse compañía para sobrevivir en el Valparaíso del autor.

Probablemente, la pista a esta prosa desgarradora se halle en la biografía del escritor. Franklin Quevedo Rojas nació en Llancanao, cerca de Linares, en 1919. A los seis años se muda con su familia a Valparaíso, de ahí recuerda haber llegado en tren al lado de su padre, momento que queda recogido en una de sus crónicas de Valparaíso navega en el tiempo:

«Mi padre me dijo:

–Mira el mar.

No me impresionó. Me parecía un gran platón plano no muy brillante que tenía manchas oscuras de distintos tamaños.

–¿Esos son bueyes? –le pregunté a mi papá.

Se rio.

–Son botes.

–¿Y esos más grandes?

–Remolcadores»

En dos décadas, esa postal que no había logrado encantar a Franklin terminó por enamorarlo. Salió del Liceo N°1 de Hombres de Valparaíso, actual La Barra. De este tiempo comienza su militancia comunista, además de sus primeras incursiones en los libros, instadas por Carlos, su hermano mayor. El autor recuerda en sus crónicas de vida la lectura de escritores que van desde Dostoievski hasta Baldomero Lillo, rescatando de ellos el tratamiento de personajes, los héroes, los traidores y asesinos.

Luego de egresar, la vida lo llevó a ejercer como profesor primario, labor que después de veinte años de residencia lo llevó fuera de Valparaíso y lo ubicó en distintos puntos, como La Ligua, Petorca, Casablanca e incluso algunos caseríos cordilleranos; ruta que culminaría en Santiago. Sin embargo, su temprana militancia en el PC le conllevaría al primer golpe que le propinó el autoritarismo en su vida: la ley maldita de González Videla obligó a Quevedo a abandonar la labor docente. Para bien o para mal, este hecho llevaría al autor hacia la prosa, herramienta de trabajo que ejerció tanto en el periodismo como en la literatura, esta última ejercida de forma híbrida con un péndulo entre el ensayo y el cuento.

Precisamente en 1946 es publicado su primer cuento, su prosa aparece en El Siglo. Sin embargo, no es hasta dos décadas después que vuelve a ser editado, primeramente antologado por Moretic y Orellana en El Nuevo Cuento Realista Chileno en 1962, y luego en 1966 aparece un volumen con sus cuentos de título Todos seremos rosados. Un par de años después en 1973, la editorial Quimantú lanzaría un compilatorio de nombre Historias de risas y lágrimas, donde los cuentos de Quevedo comparten página con José Miguel Varas, Alfonso Alcalde y Nicolás Ferraro.

Esta primera etapa es plenamente marcada por el tratamiento del sujeto social. Hay una clara camada de autores entre los cuales Quevedo se encuentra, y una característica clara es la preocupación por el registro popular, por captar en los diálogos el hablar de la persona de a pie. Sin embargo, no es la coprolalia que aparece en Méndez Carrasco ni el picaresco de Alcalde; en el autor hay una capacidad de captar la miseria y la derrota dentro de la misma emocionalidad. En el cuento «No se preocupe», una pareja espera una guagua y escasea la comida entre los hijos que ya tienen. Raquel le pide a Manuel: «No hay más que este puñado de harina. Consíguete sal y grasa con la vecina, haremos sopones. Eso puede llenar a los niños». Manuel es desempleado y piensa que «el peor trabajo es buscar trabajo», aun así la suegra le recuerda que «todos los niños vienen con una marraqueta bajo el brazo». El autor utiliza una escena cotidiana y familiar, en un momento de extrema necesidad, para introducir esperanza a través de una frase de uso popular. Los personajes recurren a su lenguaje de a pie para endulzar una vida siempre al borde de ya no dar más. Con Quevedo uno se introduce al clima de la ciudad, e incluso a sus olores.

«Uno cree que se volará el hogar, que cruzará la quebrada, que revoloteará y danzará en el aire con las casas del cerro del frente, que Valparaíso entero será un torbellino, girando lleno de ventanas, puertas, perros, viejas, burros, niños, sábanas, braseros chisporroteando, conventillos completos; una tromba gigantesca que desaparecerá en el infinito».

Pareciera que Valparaíso siempre vive en temporal, pero el personaje Quevedo aún logra levantarse al trabajo, siguen amando el puerto aún desde su miseria. En el cuento «Sur» uno de los personajes afirma: «No me gusta Santiago (…) huele a perro mojado (…) En Valparaíso, siempre hay sol, incluso en la noche». Las descripciones de la ciudad son un fresco que amenaza con escurrirse con cada tempestad, pero que resiste pegado a la pared con la sola emocionalidad que evoca.

Como periodista se desempeñó en varios periódicos, pasando por El Siglo, El Clarín y El Debate. Su labor radial también lo llevaría a ser director de la Radio de la Universidad Técnica del Estado, puesto que ocupó desde 1969 hasta 1973. Sin embargo, el Golpe le significó a Franklin Quevedo una detención, tortura y tres años dentro de centros y campos de concentración: pasó por Ritoque, Chacabuco y Tres Álamos.

En una entrevista dieciocho años después de su detención, el periodista de El Siglo nota la cojera del autor, al ser consultado relata que:

«Me quebraron los meniscos en la Universidad el día que nos tomaron prisioneros. Hay muchas cosas que no puedo hacer. (…)  Los simulacros de fusilamiento que sufrimos en la UT y en el Estado Nacional. Los paquetes humanos que vi en los subterráneos del Estadio (…) formando grandes fardos; y los de abajo ya estaban muriendo».

Luego de la tortura, el exilio, quince años en Costa Rica. En 1990 vuelve a Chile, pero su prosa ha quedado trocada. Regreso al Valle del Paraíso contiene todos sus cuentos publicados y los divide en tres partes, más una cuarta con cuentos inéditos. En ese último apartado se puede notar cómo ya no es la emocionalidad y resiliencia que estilaba en sus cuentos anteriores. Son personajes ya derrotados, interrogatorios y torturas sin sentido, niños que esperan a un padre que no volverá; el viento en Valparaíso parece solo seguir corriendo en el cementerio.

Franklin Quevedo figura como la víctima número 19.586 dentro del informe Valech. El autor da cuenta que como todo el Valparaíso que narró ha quedado enterrado, se fue exiliado con él y jamás volvió, sus personajes incluidos. Sin embargo, aún dentro de todo, parece abrigar la emocionalidad propia de sus sujetos. Hacia el final de su crónica Valparaíso navega en el tiempo escribe:

«Se van las prostitutas empobrecidas, envejecidas; los ladrones y los pacos, las costumbres y las iglesias.

Todo se va, menos la nostalgia que surge y rece a medida que crecen los años, nostalgia que embellece en cada aniversario».

Algo de Quevedo aún vive en Valparaíso, la figura del autor aún se resiste, a ver si su memoria aguanta una cañita de vino más, ya a once años de su partida.

(*) Ilustración de Vladimir Morgado.

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