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Perfiles

Escritora que no escribe

Una de las voces más llamativas de los 90’ lleva guardando silencio a cuarenta minutos de la costa, en el interior, Limache, pero desde allí hace eco volviendo a publicar todos sus cuentos reunidos en un solo tomo por la editorial Una Casa de Cartón.

Por Tabata Yáñez

—¿Te estás despidiendo de la escritura?

—Ojalá no tenga que despedirme nunca, no está dentro de lo que yo querría. Me sigue interesando, sigue siendo la forma en la que yo me relaciono con el mundo internamente: armando e imaginando historias. Pero no sé mucho qué va a suceder en este momento y no es parecido a lo que me pasaba antes, porque no es que antes yo tuviera más tiempo para darle, sino que de repente era un «no podía no escribir».

Andrea Maturana (11 de abril de 1969) se asoma por la puerta de una gran casa colonial verde, la distancia entre nosotras y ella hace que se vea menuda. Baja las escaleras del portal, varias patas revolotean entre sus piernas mientras se dirige a la reja. Nos abre y lo primero que descubrimos son los nombres de sus perros.

Esta edición limachina repone en circulación los relatos escritos por Maturana a lo largo de treinta años.

En silencio nos lleva por un pasillo donde solo entran restos de luz, una sala muy amplia y oscura nos recibe sin darnos pistas de la decoración; aún no podemos descifrar algo de ella, más allá de lo que ya sabemos. De pronto nos encandila la entrada de una habitación saturada por el sol que está a la izquierda, con un gesto nos invita a pasar. Aquí recién se le puede ver en las cosas que ocupan el espacio: una mesita redonda de madera, un arrimo cubierto por un mantel anaranjado, cuadros con imágenes esotéricas, dos sitiales atractivamente cómodos, una alfombra que termina por atrapar la calidez de la tarde.

En este espacio no hay escritorio, libros ni biblioteca, se escapa del cliché y parece ser el lugar donde se imparte terapia Gestalt. Por cómo se desenvuelve y toma asiento hará sentido que después confiese «esta es mi ocupación principal». Ella y las paredes, los matices de la habitación, el diseño de la funda del cojín, la ropa que eligió vestir hoy, todo en su conjunto se acopla y se equilibra en una misma sintonía.

—Oye, querida, es que aquí en Chile no se puede ser cien por ciento escritora —contesta inclinándose hacia atrás, con un tono que marca al final de cada oración.

—O sea, me formé como bióloga para empezar, nunca me formé como escritora. Entonces, las opciones son o te formas como escritora y haces varias cosas que pueden estar relacionadas: talleres, una columna en un medio de comunicación, grupos de lectura, etc. Aquí en Chile con la cantidad de gente que lee y escribe libros es imposible vivir de lo que se escribe. Entonces, por un tiempo fue la traducción para mantenerme metida en las letras pero era una pega muy solitaria. Y esta inquietud por la complejidad humana yo la he tenido siempre, si está en mis cuentos también. En el camino me topé con Claudio Naranjo que fue muy amigo de mi papá y trabajé con él. Luego me formé como terapeuta en su escuela.

El primer libro de Andrea Maturana (Des) encuentros (des) esperados (Alfaguara) salió en 1993 cuando tenía apenas 23 años, luego vino la novela El daño (Alfaguara) en 1997, antes tuvo varias menciones honrosas, como en 1989 en el concurso Juegos Literarios Gabriela Mistral por su cuento De momentos y nostalgia. Frecuentaba talleres literarios y por estos reconocimientos, en aquella época, ya se le consideraba «una joven promesa». Con el tiempo vino No decir (Alfaguara, 2006), obras escritas para el público infantil como Eva y su tan (Alfaguara, 2005), La vida sin Santi (Fondo de Cultura Económica, 2014), Las cosas raras (Planeta de Libros, 2018), Axolotl (Loqueleo, 2018), Secreto (Fondo de Cultura Económica, 2019).

—Mira, la verdad es que la escritura nunca ocupó para mí un espacio central, o sea, incluso en la época en que publiqué un poco más. Nunca he escrito demasiado, nunca todo el tiempo. Siempre hubo pausas muy largas entre una cosa y otra. Si tuviera ganas de nuevo, de escribir, tendría que hacerle un huequito entre medio, aparte.

Después de dos décadas aparece El Querisque,publicado el año pasado por la editorial independiente (y librería) de Limache Una Casa de Cartón. Con él quiso rescatar todos sus cuentos que estuvieron en circulación por Alfaguara. Una vez que fueron descontinuados, cuenta que decidió traerlos desde la inexistencia gracias a una conversación con Karima Maluk, la editora.

Así como escapó de un ritmo asfixiante al irse de Santiago para terminar viviendo en Limache, Andrea también se alejó de la producción literaria más demandante. Y desde su sitial, con un temple seguro, se muestra honesta al decir que entiende que esos relatos tuvieron su espacio y que no le gustan las políticas de las grandes editoriales. Ha sido un tránsito comenzar a trabajar con editoriales independientes. Le gusta mucho ese trabajo y lo encuentra muy amoroso.

«Para quienes teníamos la fantasía de escribir y balbuceábamos las primeras letras en el computador, su lectura nos llenó de entusiasmo. Al parecer, era posible ser mujer, ser joven y publicar», recuerda Nona Fernández sobre Andrea en el prólogo de El Querisque «(…) parece haber desarrollado una escritura mediada por su necesidad expresiva, sin atender la ansiedad y la demanda del medio. Da la impresión de que sus libros fueron apareciendo cuando sus reflexiones, sus historias, sus personajes, sus escenas, alcanzaban madurez y le pedían la salida al mundo, sin enterarse del apremio al que muchas veces las jóvenes promesas se ven sometidas. Una escritura fuera de los márgenes del mercado, tejida en la intimidad, atendiendo el ritmo del proceso creativo personal».

Una de las portadas de sus primeros libros.

—Tenía como una historia ya armada que necesitaba salir o plasmarla porque si no se convertía en algo muy repetitivo en mi cabeza, no la podía soltar, me ocupaba mucho espacio. Hoy no siento tanto que funcione así. Ha cambiado harto mi relación con la escritura, entre otras cosas porque ahora me estoy dedicando a algo totalmente distinto. Es como si hubiera habido una voz que siempre estuvo y hoy está más en silencio, tengo menos la necesidad de escribir. Aunque a veces lo echo mucho de menos porque es y ha sido placentero para mí. Un acto de mucha conexión, yo diría desaparición. Cuando escribo no estoy mucho. ¿Cómo decirlo? No me atravieso mucho entre medio, es como canalizar.

—¿Crees que hay algo más allá que te encierra en ese estado de escritura?

—No es más allá porque yo sí soy muy testigo de cómo se hace el proceso y cómo me llega una idea, me empieza a dar vueltas y se va puliendo. Pero una vez que me siento y la escribo, la sensación es como si alguien me estuviera dictando. Entonces, es una experiencia bien poco interferida por la voluntad.

Después de todo existe un lazo entre las ocupaciones de Andrea, aunque en un principio se crean alejadas entre sí y con algunas se vea condicionada a fuerzas que dominan sus intenciones. Ya sea redactando para la adultez o la infancia, acompañando procesos de autoconocimiento y sanación, ella agudiza su mirada y con una expresión que pone en tensión el ambiente de la iluminada habitación, explica:

—Mi inquietud sigue siendo la misma, que es traer ciertos temas que pueden ser difíciles y dejar a la persona que lea reflexionando o dejar que la madre que lea a sus hijos pueda conversarlo.

—¿Te gusta más el trabajo de terapeuta o escritora?

—No sé si son muy comparables, es un trabajo muy diferente. Es un trabajo con personas, no está todo dentro de mi cabeza. Pero me acerca a esa mirada del ser humano como una especie de prisma con tantas caras y con tanta complejidad. Entonces, esto mismo con lo que yo trabajaba cuando escribía, que era asomarme a personajes, hoy día lo hago todos los días. Me asomo esta vez, de verdad, a las personas y es muy sagrado ese espacio para mí. Me gusta mucho, no sé si más que escribir.

—Entonces, ¿no te vas a despedir todavía?

No, no me quiero despedir nunca, pero a lo mejor la literatura o la escritura se despide de mí [risas].

(*) Retrato de Kika Francisca González.

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