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Fragmentos

Microscopio invertido

Jorge Díaz

Libros del Cardo

190 páginas.

SOBRE EL AUTOR

Jorge Díaz (Santiago, 1984), biólogo y escritor. Posee un doctorado en Bioquímica (2015) en la Universidad de Chile. Es investigador en el área de la biología celular y su trabajo realiza cruces transdisciplinarios con las prácticas artísticas y el activismo de disidencia sexual. Ha publicado en varias plataformas vinculadas a la poesía, la biología y la cultura queer. Realiza proyectos colaborativos y dicta talleres en museos, teatros y centros culturales. Sus últimos libros publicados son Ojos que no ven (Metales Pesados, 2019), una investigación sobre la ceguera realizada con la fotógrafa Paz Errázuriz, y Emancipar la lágrima, ensayos transdisciplinarios sobre arte, ciencia y activismos de disidencia sexual (Trio Editorial, 2021). A continuación, algunos fragmentos de su nuevo libro.

Volver a mirar

Tenemos que volver a mirar las células, los virus, los microorganismos, la moléculas, no bajo una óptica androcéntrica, sino que tenemos que mirar la vida biológica que podemos tener bajo un microscopio en relación a lo que está pasando en la sociedad donde vivimos.

¿Qué nos enseña un modo de organización social, una asamblea, una protesta o una performance sobre el modo en el que migran las células?

Hay que cambiar el lente y ajustar el objetivo.

Quizás escribir y describir de otra manera puede ser una forma de comenzar a hacerlo.

Neuroglia

La biología funciona como un adhesivo, como una sustancia pegajosa, como un andamio que conecta ideas. Hay una potencia en los conceptos que ofrece la biología, sus palabras que significan procesos, sus historias que encarnan lo mejor y lo peor de la mente humana: cooperación, creatividad pero también competencia y androcentrismo. El esencialismo que pobló la escritura de la biología tiene que salir de su presente, tenemos que despejar las dudas entre biología y biologicismo.

No es posible que la biología sea propiedad de los biólogxs, la biología es una narración que ha sido hecha para todxs. Es quizás una de las historias más fascinantes que se hayan escrito, pero también la más capturada por la especialización y la segregación en la universidad contemporánea.

Necesitamos abrir nuestros conocimientos a lxs otrxs, permitir que las palabras de la biología sean adhesivos que naden entre nosotrxs y así las ideas que surgen del vivir juntxs sean parte de nuestras diferencias.

Pienso en las neuroglias, en un tipo de ellas que se llaman astrocitos (se llaman así porque parecen estrellas) y que son las células que dan el soporte metabólico a las neuronas.

Glía significa pegamento, adhesivo, unión. Los astrocitos como una metáfora de la interconexión, como el adhesivo que recubre nuestro cerebro, como estrellas que se pegotean en la galaxia de nuestra mente, de nuestro cerebro esculpido por una cultura masculina que ya no resiste más. La biología y sus conceptos, como la plasticidad y sus sinapsis cerebrales, necesitan salir de las placas de cultivo y generar puentes con nuestra vida cotidiana.

Necesitamos de una biología sin biólogxs.

¿Quiénes somxs lxs virus?

Las mujeres, lxs maricas, lxs trans, las lesbianas, lxs que tienen sida, lxs migrantes, lxs disidentes, lxs depresivas, lxs que alguna vez han tenido una ITS (¡¿quién no?!), lxs invertidas, lxs raras, las mujeres solteras, lxs sodomitas, lxs pobres, lxs que marchan, lxs que critican, lxs calientes, lxs demasiado introvertidas y lxs demasiado hiperventiladas, lxs alcohólicas, lxs que se pierden, lxs sin casa, lxs que abortan, lxs putas, lxs presas, lxs viejas. Los virus, al igual que todas estas otras identidades, adquieren su condición a través de la validación de la vida biológica y la vida política. Todo quien no sea un hombre heterosexual, poderoso y validado, es un virus. De hecho, los virus han sido por siempre entidades inclasificables, están en una transición, entre lo vivo y lo no vivo. Se consideran parásitos porque desestabilizan la «higiene» de una nación. Lo que sí sabemos es que los virus contagian y desorganizan los equilibrios. Quizás sería bueno pensar de otra manera los equilibrios. El discurso higienista construyó un relato de la nación como un territorio aséptico. La sodomía se entendía en Chile hasta el año 1999 como un peligro para la salubridad del Estado. Una sociedad completa declarada como sodomita, porque con sodomía no sólo querían hablar de la penetración anal sino también de todas aquellas identidades que promueven en las letras, en las calles y en las imágenes, la insubordinación política. Quienes desclasifican los órdenes establecidos. El sodomita es todo aquel que se vuelve insurrecto a la higiene de la nación. Coronavirus, como toda epidemia, no construye un relato nuevo, sino que cataliza la injusticia presente. Los virus no tienen la culpa, la culpa es del capitalismo. Los virus no pertenecen ni a los salubristas, ni a los biólogos, ni a los filósofos. Los virus siempre han querido desaparecerlos, aunque nunca se podrá́.

¿Quiénes somxs lxs virus?

Cadaverina y Putrescina

Cadaverina (C5H14N2) y Putrescina (NH2(CH2)4NH2) son dos de las moléculas que se liberan cuando un cuerpo ha muerto, es decir, cuando comienza el proceso de putrefacción porque las bombas eléctricas de iones, las bombas de sodio y potasio con las que nuestros músculos obtienen la energía para la contracción y excitación, ya cesan de trabajar. Son las responsables del olor fétido de la muerte. Porque cuando el rigor mortis de la carne se impone al cuerpo que ya no tiene moléculas energéticas para seguir, se liberan estos olores en abundancia. Es también una alerta, una llamada de atención, un halo que, desde la muerte, nos recuerda la vida. Cadaverina y Putrescina, me gusta pensarlas como dos hermanas travestis, atrevidas, malhabladas e insidiosas que siempre aparecen oportunistamente a arruinar los momentos de felicidad. Son hermanas inseparables y cómplices, que se aman y odian. Ya van dos casos en el último tiempo en que los edificios antiguos del centro de Santiago se aromatizan con este olor de una manera insoportable y entonces comienza la búsqueda de los cuerpos muertos dentro de los departamentos. Mucha gente de edad, enferma y cansada, muere sola en sus habitaciones sin que nadie se entere. En mi edificio pasó hace poco, en el de otra amiga también. El aroma de la muerte inunda los antiguos edificios del centro con su característico aroma a vejez y soledad. Vivimos entre ancianos y ancianas enfermas y abandonadas, esperando el tiempo de su muerte, estas son nuestras vecinas. Mientras comemos, estudiamos, cocinamos o estamos teniendo sexo, Cadaverina y Putrescina están atentas a aparecer en cualquier momento para evidenciar la tristeza del desamparo, de una sociedad que siguió el patrón de la familia nuclear heterosexual como molde y que, demostrado con los años, significa puro abandono. La liberación de estas moléculas ocurre cuando estamos vivos también, aunque a menor tasa. A medida que nos acercamos a la muerte nuestros cuerpos expelen su olor hasta el momento del final.

Las vidas de mujeres, hombres y disidencias sexuales abandonadas, vidas silenciosas que transcurren en la ciudad, postrados en sus camas dentro de viejos edificios del centro de la ciudad, sólo llaman la atención cuando Putrescina y Cadaverina, con su poder bioquímico de la despedida, aparecen en este vecindario para decirnos un adiós con su perfume característico.

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