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Crónicas

La piel del rival

Las cosas que hice por la Cato, de Joaquín Escobar, fue escogido mejor libro de cuentos de fútbol 2021 por IHE Fútbol Chile.

Por Christian Le-Cerf León

«Más que un equipo de fútbol, esto es una pasión que se lleva adentro, compadre, algo que toca las fibras más íntimas del corazón, algo con lo que nunca voy a permitir que me agarres para el hueveo; no sé si me voy dando a entender.»

Así parte Sangre azul (1995), el relato que da nombre al libro de Alfredo Sepúlveda, lectura obligatoria para todos los hinchas de la U. Y es en estas líneas que abren el compilado de textos donde emergen la pasión, el sentimiento, la pertenencia y la identificación con los colores azul y rojo. Porque, en el fútbol, el pasto del vecino nunca será más verde; en el fútbol, la contra jamás va a tener más aguante que uno; en el fútbol, las alegrías jamás serán mejor compartidas que con los tuyos y las tristezas no encontrarán abrazos más cálidos que el de los propios.

Por eso, aprestarme a leer Las cosas que hice por la Cato (2021, Provincianos Editores), de Joaquín Escobar, era una encomienda que derechamente no quería realizar. Había que cruzar la vereda, empatizar con el rival, casi que realizarse una transfusión de sangre fría por la azul que corre por estas venas. Más aún, con la realidad que ambos cuadros han vivido los últimos años, la tarea era bastante amarga. Ellos tetracampeones, nosotros salvándonos del descenso. Ellos con una cantera fértil y en rodaje, nosotros con un quilombo dirigencial, gracias a los Yuraszeck, a los Heller, a los Aubert, a los Clarke.

En el metro, apresurado y con los prejuicios propios de la camiseta puesta, di vuelta las páginas del texto de Escobar una tras otra. No pude entrar de lleno ahí, había bastantes barreras que sortear y no estaba dispuesto a hacerlo. Pasajes completamente odiosos contra la Gloriosa, llenos de sorna y envidia, además de un antibielsismo entre líneas que, para los que aún seguimos al patrono de las causas perdidas, generaban ronchas purulentas difíciles de cicatrizar. Aun así, no tengo nada que decir de la ejecución de los relatos: pulcros, correctos, a veces arriesgados, otras dentro de una formalidad conservadora; se sentía la esencia cruzada en aquellos párrafos.

Pero hay que ser justos. Uno nunca va a escribir de los otros clubes como lo hace con el suyo, jamás le va a tirar laureles al rival ni hablará en buena forma de sus hazañas. Es más, les quitará el misticismo y las reducirá a proezas que la prensa magnificó, que el periodismo deportivo encumbró para vender la nota, la sección, el suplemento y los libros de periodistas que deciden cruzar hacia la frontera de la literatura. Es lo que hizo Escobar en sus textos cuando hablaba de mi equipo, y de seguro es lo que yo también haría si hablara del suyo. Es la ley del fútbol, así de simple. La sola existencia del hincha del otro club constituye una provocación admisible, escribía Galeano.

Develando el manto cruzado, eso sí, que rodea los diecinueve relatos que conforman Las cosas que hice por la Cato, aparece aquello que puede conectar contigo incluso si tienes otra piel: el sentimiento de ser hincha. Porque el sinsabor del grito de gol atragantado por estar viendo a tu equipo en la galería del cuadro local, ya que una entrada conseguida a última hora fue el pase para presenciar el partido; o las largas caminatas cuando este termina, donde las micros van llenas o apedreadas o simplemente dejaron de pasar cerca del estadio, siendo la vuelta a casa una peregrinación obligada entre banderas y cánticos cada vez más apagados; o la amargura mascada y regurgitada y vuelta a mascar de ver un título que se te va solo a fechas del final del torneo, ese título que llevabas esperando largo rato, quizás hasta veinticinco años; son situaciones que, más de alguna vez, a uno le ha tocado bancarse.

Entonces, a medida que iban avanzando las estaciones del metro, lo hacían también las historias de este libro, donde en ocasiones floreció un genuino interés por algunas de ellas. Porque fue llamativo ver al Tati Buljubasich hablando con una versión suya del futuro, que le relataba cómo iba a ser su vida mientras compartían un schop y un churrasco en La Terraza, en «Lo real y su doble». También como Escobar logró mezclar, sin problemas, la literatura y el folclor propio del fútbol, en un clásico entre el Colo y la UC retratado en «A trip to the Lucía Hiriart Arena». Incluso, en «El yeti cruzado, pelotas desinfladas y una semifinal incompleta», la vida del ficticio Manteca Infante se transformó en un policial atractivo que bebía bastante de una realidad emborrachada de hipérbole.

Sin embargo, durante la lectura de este compendio cruzado, no dejaban de aparecer en mi mente, a modo de fantasmas que me escrutaban con mirada inquisidora, como si fuera la mayor de las traiciones el estar entregándole mi tiempo a este texto, el mismísimo Alfredo Sepúlveda y su Sangre azul, o Juan Pablo Meneses y Los de Abajo y la Granada para River Plate, o Pancho Mouat y su Yo soy de la U; lecturas que, inevitablemente, habría preferido estar realizando en esos momentos. Pero a veces te toca jugar de visita, y la cancha del rival usualmente es tierra yerma para las aspiraciones de uno.

Por lo mismo, al dar vuelta la última página de la obra de Joaquín Escobar, no me quedaban dudas de que lo que la vida y la herencia familiar me entregaron es algo que me identifica y le da sentido, al menos, a una pequeña parte de mi existencia, aquella que va con la U roja en el pecho. En un par de semanas habrá una nueva versión del clásico universitario, en lo que un primo me dijo será un cotejo matatécnicos: el que pierda se queda sin entrenador. Sé que ese día me darán vuelta algunas de las historias de Las cosas que hice por la Cato, como restos de un resfrío mal cuidado, incómodos, que a punta de remedios a deshoras voy a ir controlando. No nos ha ido bien, es cierto, pero la esperanza vuelve a estar intacta, se resetea, se circunscribe en la ilusión que entregan estos partidos, donde no importa cómo vengas sino lo que puedas en esos noventa minutos, que duran una eternidad. Y yo seguiré siendo de la U, aunque gane.

(*) El último clásico universitario terminó como merece este texto, con la Universidad de Chile doblegada.

(**) Ilustración de Vladimir Morgado.

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