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Fragmentos

Retrato del artista como samurái

Federico Galende

Mundana Ediciones

98 páginas

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SOBRE EL AUTOR

Escritor, filósofo y profesor de teoría del arte en la Universidad de Chile. Aparte de libros de ensayos y conversaciones, en nuestro país ha publicado las novelas Me dijo Miranda (Alquimia, 2015) e Historia de mis pies (Alquimia, 2018). Retrato del artista como samurái cuenta, además, con dibujos de la artista Natalia Babarovic. A continuación, algunas páginas de este muy particular libro, de lo mejor del año pasado.

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Bogni pasó aquella noche, la primera semana, ignoro si la que siguió, durmiendo en esa estación. Si digo que lo ignoro, es porque en las anotaciones que guardo en mi cuaderno la historia de repente se difumina y, tal como sucede con la del mismísimo Cristo, cuyo rostro se preserva plegado al interior de esa tela y de cuya vida los archivos retienen páginas mordisqueadas, secuencias que se interrumpen y planos completos que se van a negro, reaparece la noche de fines de los noventa en la que una conocida crítica del medio local visita a una artista –también local– que se ha mudado a vivir a Nueva York. La artista es famosa, ha hecho una buena carrera en Chile y ocupa ahora un elegantísimo piso en las inmediaciones del Central Park. El problema es que no sabe de qué conversar con la crítica, no se conocen tanto, y con la intención de eludir los incómodos charcos de silencio que han empezado a formarse entre ambas, le pregunta en un momento a qué artista de Chile que esté en la ciudad le gustaría conocer durante la noche. Podría ser Carlos Bogni, responde la invitada, quien en realidad recurre al primer nombre que le viene a la cabeza.

¿Carlos Bogni? La artista no sabe de quién se trata –nunca ha escuchado ese nombre–, pero estimulada por la excentricidad de la crítica, de cuya afición por los movimientos de punta y las tendencias más sibilinas del arte intuye que extraerá una vez más una buena lección, abre la guía telefónica y comienza a hacer descender el dedo índice por la «B». De pronto sube la cabeza, mira a su huésped a los ojos y dice con toda naturalidad: Acá me aparece un Bogni, pero me figura como repartidor de pizzas, no como artista. ¿Será el mismo?

La crítica no tiene idea si será el mismo, pero claro que lo es. Para sobrevivir como artista en una ciudad tan sofisticada, hay que hacer todo tipo de cosas, y por eso a esas alturas Bogni había desfilado ya por una inacabada hilera de oficios: peón en una yesería, embalador en un súper, sereno en una bodega. ¿No es lo que traté de precisar al principio? Un artista, si es consecuente con los objetivos que ha trazado para sí mismo, no dispone de antemano de un público; debe crearlo con paciencia, sin prisa, y para esto se ve compelido a menudo a desempeñar una serie de actividades que, sin ser propiamente artísticas, tienen todo que ver con el arte.

Bien, en el caso de Bogni esta actividad estribaba en repartir pizzas. Había debutado en el local meses atrás como lavaplatos, pero con el tiempo se había ganado la confianza de su patrón y había ascendido a repartidor, lo que no fue tan bueno si se toma en cuenta que las heladas noches de invierno las recorría ahora pedaleando con fuerza sobre la nieve pastosa, con la cabeza metida en un gorro de corderito y visera y el cuerpo cubierto por varias capas de lana. En los inviernos neoyorkinos el sol desaparece a las cinco de la tarde en el horizonte, y como él quedaba libre recién a la medianoche, el patrón –un italiano bajito y parco que se la pasaba maldiciéndolo todo en voz baja– le prestaba de vez en cuando la bicicleta para que no llegara tan de madrugada al cuarto desvencijado que ocupaba por unos dólares en los suburbios de Manhattan.

Por delante le quedaban cuarenta o cincuenta cuadras –un trayecto bastante arduo–, pero para esto tenía una fórmula: antes de trepar a la bici para pedalear bajo la nieve que caía en medio de las calles vacías y silenciosas, se concentraba en la meditación, respiraba pausado y se sumía lentamente en un mantra.

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