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Perfiles

Natasha Valdés: Pecadora, jamás arrepentida

De boca en boca, se corrió la voz de una escritora oculta que llegó a Recreo. Aquí su breve tarjeta de presentación.

Por Tabata Yáñez

Escondida, sin quererlo o no, dentro de una habitación roja. Se logra ver el interior de la casa y, tras el ventanal, una silueta que se acerca a ver quién llama a la puerta. Pero es imposible notarla bien. Ha sido un misterio hasta que aparece a recibirnos, aunque lo seguirá siendo un poco después de incluso haber escuchado otra parte de su historia: la de ahora.

Es una mujeraza, se mueve con actitud. Es una dama compuesta, su temple realza perfecto con su conjunto de tonalidades tierra (verde y castaño). Es elegantemente extrovertida, lleva tacos, aros dorados que destacan, un collar largo aún más bronceado, anillos y brazalete. Las uñas pintadas, los labios rojo vivo -casi como la sala a la que nos invitará a tomar café- rematan el atuendo completo de una escritora errante.

Natasha Valdés (Santiago de Chile, 1950), poeta, escribe desde que aprendió a hacerlo. Por esos sombríos años de dictadura ganaba premios mientras criaba a su hijo y estudiaba Pedagogía en Castellano. Gracias a uno del diario La Tercera de la Hora llamado Poesía de Amor, Pablo Neruda y Gabriela Mistral recibe un viaje a Nueva York del que no vuelve jamás. Al menos eso creyó.

«Poesía imperativa, epigramática y breve. Resuelta en la historia íntima o en la anécdota del amor que ya no es (…) Natasha Valdés otorga al verso un ritmo veloz e inmediato, sentencioso e irónico Y muchas veces de un impiadoso humor. Un burlar burlándose, sin complacencia (…) Seguridad en el lenguaje y mínimo de palabras para la justa y precisa vibración», reseñó antes Jaime Quezada sobre su primer libro Rescate del olvido (1984).

Luego se ocultó. Durante el tiempo sin dejar rastro, se le recordó en alguna que otra ocasión como una escritora casi accidental «Natasha Valdés, autora ya prácticamente en el olvido», mencionaron por ejemplo en un artículo del diario La Época.

Regresó a Chile solo por el alzheimer que consume cada día a Lou, su esposo: un músico porteño que la cautivó allí en Estados Unidos. Y no regresó a su ciudad natal, sino a Recreo, Viña del Mar. Es que sería bueno. Queda al lado de Valparaíso, le haría bien a él, se reencontraría con viejas amistades, decían. «¡Qué amigos! No sabe nada y a la familia de él no le importa absolutamente», se sincera.

Nos reciben dos, tres, cuatro perros al entrar. Uno de sus gatos duerme en el sofá. Natasha ofrece sentarnos en la habitación roja repleta de tesoros; los fue rescatando en los viajes a Europa y otros países. Pone unas tacitas italianas sobre la mesa. Le digo que venimos por «esto» mostrando el primer libro que publica después de tanto, al que tituló La historia que nunca quise contar (Puerto de Escape, 2020). Y le advierto con descaro que conozco casi toda su vida. Por eso quiero saber en qué está hoy.

—La memoria del alzheimer. Poemas pero de lo mismo, ya casi que me los dicta mi compañero. Como su memoria está tan ida, me habla ciertas cosas, puedo repetir una casi textual. Me dice «En la casa hay una escalera de oro». Ya… ¿y a dónde? «Sí, la que va hacia el cielo» porque hice un ático. Pero esa es una escalera de madera, escalerucha. Y él me habla de una escalera de oro. Ya, sí. Él hacía unos collares, forraba ciertos muebles en oro. No sé, ¿será eso?

—Hablará de simbolismo.

—No sé. Pero eso es una idea poética que vino de él, no mía. Qué terrible. Ahora, si te digo que todo esto es doloroso. Sí, es amargo pero creativo porque hay que vivir angustias pa’ crear. Yo quisiera decir cosas bonitas, hablar de las alegrías de la vida pero no… joder.

—La vida tiene otros planes parece, pone otro tipo de contenido.

—Bueno, pero está bien. He aprendido a aceptar todo. Voy a poner el agua para el cafecito.

Natasha entona distinto, su acento es clara muestra del largo tiempo que pasó afuera. Su voz tiene el carácter propio del allí y acá. Las palabras juegan, a veces corren, saltan, aparecen en inglés o en español. Las gesticula, toman forma en su rostro y en sus manos para finalizar recitando cada oración como un verso. No se puede saber con certeza.

De esa manera cuenta, pausadamente, que aparecer ahora luego de años sin publicar fue por la «enfermedad de mierda» que deterioró a Lou. ¿Por qué testimonial y no poesía?, aunque algunos precisan que es una novela. Por idea de Teresa Calderón, la poeta, su amiga, quien hace unos meses figuraba animándola «Habla de ti, habla de ti y después mete lo de la enfermedad».

«(…) debo decir que tú me enseñaste los secretos y los misterios de la poesía, estábamos en la escritura y en la vida tratando de sobrevivir a esos años canallas que nos tocó como jóvenes. Y ganábamos premios por nuestra poesía desde los 70 (…) Tú, siempre el primer lugar (…) Eras mi modelo y mi maestra», redactó más adelante Calderón al cumplir su cometido.

En una de las páginas Natasha escribió «Siento que le fallé a todas, estuve en silencio por muchos años» y le pregunto ¿Te arrepientes?

Deja entrar el silencio, por menos de un segundo. Entonces contesta agudamente:

—No me arrepiento de nada. Recién escribía sobre los amores que fueron y no siguieron o lo que sea. No me arrepiento de haberte amado tanto. Y en las otras poesías es que hablo de eso, tengo un espacio bien largo dedicado a Dante, a Beatriz, la búsqueda del amor, los infiernos, los cielos, a los círculos en los que se viaja y digo: «pecadora, jamás arrepentida».

Un pequeño querubín posa arriba del mueble, sostiene unas mascarillas azules. Las cosas ya no le importan. Nos cuenta que es italiano. Está medio averiado por los viajes, los objetos se van dañando. Boberías, reniega. No le interesa.

—Ni les importe tener cosas. Yo no sé para qué y en qué momento me llené de huevadas. Hueás que no necesito. La lámpara comprada en Moscú, sí, me gusta porque fue en Moscú, qué sé yo. Todo mundo dice qué belleza y para qué si es una ampolleta colgando en un brigual ¿Qué es lo que tú necesitas? Lo básico, lo que te hace feliz. El mejor dinero que yo he invertido ha sido en mí y en los perros. He salvado tanto perro, eso me hace feliz. Está saliendo olor a café.

Va hacia la cocina mientras enumera para sí misma «agua, azúcar, café». Llega con una cafetera antigua de principios de siglo, una joya hecha en Viña que compró cuando pasaba por un garage sale —pronuncia bien— de una casa vieja en Recreo. Zacconi se lee en las instrucciones de un papel obsoleto todavía impecable.

Mantiene intacta la suerte de encontrar tesoros. Algo propio de quienes vibran con espontaneidad. Es bruja, dirá al despedirnos. No importa si no, porque de todos modos es mágica, hilarante, risueña. En ese ambiente natural alrededor de la mesa junto a ella, nos aconseja salir de Chile, no importa si debemos dormir en la plaza. Aquí hay falta de cariño y abandono.

—Titulaste tu libro como la historia que no quisiste contar, pero ¿cuál es la historia que siempre quisiste contar?

Baja la cabeza, calla, guarda de nuevo silencio para responder concentrada:

—La de la poeta contenta, la de la poeta inspirada, la que recibe los mensajes de la Sibila y los traduce a los hombres. Los primeros testimonios de la literatura que eran mandados por los dioses. Esa quiero contar. Bueno, esa parte va dentro de la segunda parte de mi nuevo libro.

—¿Consideras que viviste todo lo que quisiste?

Se ríe.

—Demás po y con creces viví. Viví con yapa. Tengo 70 años, lo pasé bien.

—¿Pero no sientes que te queda algo?

—Bueno me queda pendiente un viaje a las islas griegas porque tengo amigos griegos que siempre me están invitando, poetas griegos. Y claro la base de la cultura. Me queda Grecia, China por ciertos intereses, no intereses comerciales. Imagínate yo importadora de huevás chinas.

A Natasha le pasan dos cosas. Primero: no se quiere dar a conocer. «¿Yo? Ya no importo», corrige. Solo quiere contar su historia, le interesa un «pito» el reconocimiento. Se empeña en afirmar que está muy vieja para eso, Segundo: ya se acostumbró a Viña del Mar, no le quedaba de otra. Aunque la gente le insiste que se devuelva a Estados Unidos, sus perros la enraízan y lo otro: «Si transplantas una planta muchas veces, se te muere» termina.

Pero extraña, le dan ganas. Se ha deshecho de todo. Un comedor abandonado, detrás de un estante, pensado para doce personas, no le hace sentido cuando al final del día queda ella, sus gatos, los perros. Tiene que simplificar. Lo que está buscando ahora es lo que ha buscado toda la vida: ser feliz. Y claro que lo ha conseguido pero la felicidad no está ahí siempre.

—Oye si la felicidad más grande es un gato chico que tengo.

—¿No anda por acá?

—Sí, es que es un poquito…

—¿Tímido?

—No, es patudo. Pero anda durmiendo. Es un chico negro, negro. Un pantero. No tiene un pelo de blanco. Es una seda, es un lujo el tipo. La tela más maravillosa y más lujosa que te puedas imaginar es él. Y es de alma sonaja prrrrrrrr. No es que haga prrr como un gato normal. Tiene un amplificador. Entonces es tan rico. Es una delicia. Yo me río sola con él, gozo con él. No cuesta mucho ese lujo.

*Ilustración de Vladimir Morgado.

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