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Reportajes

Enseñar letras desde la provincia

Dos mujeres -una en la biblioteca de Quillota, otra en alguna librería de Limache- llevan y traen bajo el brazo la literatura de la región siempre con destino al interior de Valparaíso.

Por Tabata Yáñez

Recuerdo el llamado, que nació de una pista, sobre alguien que dijo cómo debería ser una buena crítica literaria. La invitación era a reseñar todo lo generado en el territorio y evitar caer en un segundo centralismo, después de Santiago, llamado Valpo-Viña y Quilpué o Villa Alemana si te he visto no me acuerdo.

QUILLOTA

Con esa lógica en mente, aplicada al oficio incluso de formar al resto de interesadas e interesados en leer/escribir, es que hallo primero a Javiera Viveros Alegría (38). Es bibliotecóloga, trabaja en la biblioteca pública de Quillota que queda en San Martín, una casa colonial justo al costado de la sede de San Luis.

Hace doce años llegó a la comuna y le encantó porque “es una ciudad planita, en la silla eléctrica puedo ir a todos lados”, cuenta aliviada. Por eso mismo comenzó a moverse harto, participando de iniciativas juveniles en el Centro de Promoción de Salud y Cultura y la oficina de la discapacidad. En el intermedio, le llevó un proyecto al alcalde que lograron adjudicarse, de ahí la tuvo en el radar, dice. Después de pedirle trabajo, le ofreció ser bibliotecaria. Su tarea: encargada de las actividades para fomentar la lectura.

“Mi vida siempre ha estado ligada a los libros. Mi mamá es periodista, mi padre publicó una vez. Logré dedicarme a lo que me gustaba. A contactar gente que ya conocía, hacer actividades como El día de la poesía, realizar encuentros poéticos. El año siguiente vino el aniversario de Quillota, organicé hasta el concurso literario de poesía por los 300 años. Fue bien bonito, participó el departamento de cultura. Además me dediqué a postular proyectos, algo que aprendí estudiando administración de empresa. Como ya conocía la dinámica, nos otorgaron un fondo para la biblioteca, con ello la remodelamos entera”, empieza.

¿Cómo es un día laboral cualquiera?

Somos ocho, nos repartimos las áreas. Yo tengo media jornada. Hago los clubes de lectura, fomento lector, todo lo que sea relacionado con la gente, motivar a que las personas lean. Quienes van observan, por ejemplo, que soy la única que lee. Los otros empleados son administrativos. No tienen un interés especial por la biblioteca. Antes de que llegara, no había alguien que se moviera por ese mundo. En cambio yo voy a Valparaíso, a la feria de Gladys González, al lanzamiento de tal libro. Voy porque me gusta, no porque sea mi trabajo. Para los demás no es un gusto personal por la literatura y el tema cultural.

¿Qué cambió?

Se comenzó a formar una nueva mística en la biblioteca. Ya no era solo la señorita a la que le pedías el libro, sino que existía un club de lectura en el que te podías inscribir. Conversar de libros. Entonces, hay más vínculo entre los lectores, va la gente que le gusta la literatura. Por el club de lectura, donde llevo cuatro años, han pasado un montón de personas. Los permanentes son más que nada con adultos mayores porque tienen más tiempo o jubiladas, mujeres dueñas de casa, pues se hace en horario laboral. Allí voy inventando distintas cosas. Hice un club del libro Mujeres que corren con lobos. Formé talleres de encuadernación durante el verano para jóvenes.

Me comentabas también que hacías seminarios de Julieta Kirkwood.

Fue durante el estallido social. Siempre he puesto talleres que vayan en relación a lo que está pasando. Porque me gusta vincular, sacar a la literatura de la cúpula. Hicimos un encuentro en la plaza hablando de libros Feminarios de Julieta Kirkwood. En Quillota se hicieron grupos de mujeres a través de Facebook. Lo publiqué allí y tuvo mucho éxito. Muchas estuvieron interesadas en participar. A la plaza no llegaron tantas pero espero que varias los hayan leído. Esto era un poco por las mías, aparte de la biblioteca porque allí no se puede trabajar con PDF. Pero como la gente ya me conoce fueron a participar. He ido fomentando la lectura, me han visto como una niña de los libros. Junto a muchas cosas que también hago por fuera, todo se vincula.

¿Qué te motiva a trabajar en la biblioteca?

Una de las cosas que me gustan y desconocía es ser muy estudiosa. Estar siempre al tanto de leer cualquier cosa, ya sea un artículo del diario o estar pendiente de lo que pasa. Las bibliotecas son un vórtice donde confluye el pensamiento pasado. Pero también lo del día a día. Lo segundo es la relación con las personas. Desde fuera parece un espacio vacío y tranquilo. Sin embargo, transita mucha gente, que incluso no va a buscar libros, sino una conversación. Personas que vagan por la ciudad, gente de calle que ocupa los computadores. Nosotros les damos café, lo que estemos comiendo. El espacio ha vivido una metamorfosis: desde un pilar del conocimiento a, en el fondo, centros comunitarios. La gente llega a los libros buscando qué pensó otra persona que le pueda ayudar en su vida. Ya no va a aprender, sino encontrar una experiencia similar a la propia.

¿Cuál es la diferencia de trabajar en la industria literaria fuera de las metrópolis?

Puede ser distinto por el volumen de gente y lo grande que puede ser el edificio. Diferente porque los recursos que se ponen en cultura en las ciudades más grandes es infinitamente mayor. Aquí, en todas las actividades que te nombraba, yo llevo el cafecito. No hay muchos recursos.

Es más difícil.

Sí, es como los profesores rurales, a pulso. Toda iniciativa la parte uno comprando la cartulina, por ejemplo. No es que venga la institución y te brinde todo. Lo bueno que tiene es que está todo por hacer. Lo que postulé para la remodelación de la biblioteca, en Santiago o Valparaíso, no es necesario porque tienen departamento de arquitectura. He podido trabajar en todo lo que he querido, con todas las libertades. Ha habido varios invitados.

¿Autores locales?

Sí, no tanto como hubiera sido necesario. Pero sí han participado mucho por separado. Son muy distintos todos, en el concurso de poesía participaron varios. Así en distintas cosas puntuales. Es más difícil. En el fondo somos un capital provinciana. Entonces, que el circuito de artistas aquí en la región sea Valparaíso y Quillota, no solo Valparaíso-Santiago. Se está tratando de hacer eso pero ha costado mucho. Y la biblioteca como no tiene recursos, y los escritores ya están cobrando, es un tema que no tenemos tanta facilidad para acceder a ellos.

¿Aun así seguirás formando desde la provincia?

Sí, o sea, mi vida entera sigue en ese ámbito porque es lo que me gusta. Creo que aquí me queda mucho trabajo y me gusta Quillota. Es una ciudad pequeña, acogedora y puedo tener acceso quizás no físicamente a todos los edificios pero la mayoría. La gente es muy amable y me facilita las cosas.

Paulina Bermúdez con una de sus lecturas del Taller de narrativa en verano.

LIMACHE

Veinte kilómetros más al sur Paulina Bermudez Valdebenito (37) me espera en Limache. Tomo una micro que atraviesa los valles abrasados por los casi treinta grados, muy típico del interior, hasta llegar al Parque Brasil. Allí nos echamos sobre una manta, igual que cuando a veces lo hace en sus talleres. Porque Paulina es feminista, escritora y tallerista itinerante en distintos espacios, principalmente librerías. Me contará que lo mejor de trabajar aquí es que de vez en cuando puede estar con gente escribiendo en el mismo pasto.

Se mueve por toda la provincia, desde su punto de partida en Una Casa de Cartón, pasando por Qué Leo Quillota, al puerto en la librería En el Blanco. De hecho, si no fuera por la pandemia, se suponía que llegaría hasta Los Andes. Por eso lo de itinerante. No es que se quede en un solo lugar y las personas lleguen a ella, explica. Estudió Pedagogía en Castellano en la UPLA, después hizo un postítulo. Aunque ya siendo estudiante entró a la teoría publicando algunas investigaciones en torno a un objeto de estudio hace años poco manoseado: la minificción. Llegó a participar en varias ponencias con destacados estudiosos del género literario en cuestión.

Hoy confiesa que una podría quedarse en nada, pero la independencia hace que una se ponga en marcha. “Si yo estuviera haciendo un trabajo de profe en un colegio lo estaría siendo siempre. En cambio, elegí el camino más largo, que es moverse y generar tu propio público, tus propios alumnos”, agrega.

¿Cómo es ser formadora desde la provincia?

Hay que moverse el doble porque si estás en Santiago tienes más público, hay más gente que lee y escribe, que está interesada en tomar los talleres. Tampoco ando por la vida con mi cartel de “Hola, soy escritora”. Más me conocían aquí en Limache por el feminismo. Pero empecé a tirar talleres, a ser conocida entre comillas. El trabajo es lo que te permite que alguien diga “Oye, hice un taller con ella, es bacán, tómalo”. En la provincia es más peludo, tienes que hacerte más difusión. Abrió Qué Leo Quillota recién el año pasado y me invitaron a dar talleres. Claro, era trabajo de ellos también posicionarse como una librería en la provincia.

¿Qué te impulsa a trabajar aquí entonces?

Siempre me ha movido la idea de acercar el conocimiento. Como vengo desde la teoría, es súper elitista. Mientras yo haga una ponencia con las palabras más peludas, que nadie me entienda, voy a ser más bacán. Y, pucha, para mí era todo lo contrario. Trabajé gestando espacios para que los mismos estudiantes de donde yo había salido pudieran acercarse a una teoría de buena calidad. Vino gente de México, Argentina, Colombia. Que los demás vieran que estas personas haciendo teoría literaria no eran dioses. Intento que todos mis trabajos teóricos sean súper cercanos. Como empecé así en mis primeras ponencias siendo estudiante, me quedé pensando en qué me gustaría escuchar a mí y cómo me gustaría que me explicaran. Y dar los talleres de la misma forma, desde cero. He tenido gente que ha publicado, como quienes no han escrito ni una palabra. Parto desde una misma base, utilizo el mismo lenguaje. Siempre es cercano, si me dices que quieres escribir, dale. Yo te enseño y apaño.

Hiciste un taller en Balmaceda Arte Joven Valparaíso.

Como estoy dentro del área de la minificción, que es la escritura bien breve -parecido al Santiago en 100 palabras, por ejemplo- me invitaron a dar un taller de minificción allá. Fue muy bonito, parecida a la estructura de taller que llevo ahora. Duró tres meses, terminamos con una publicación de libro objeto. Bacán. Con los talleres que estoy dando ahora partimos con un fondo de emergencia, hubo una convocatoria abierta de dos sesiones gratis. Tuve gente de muchos países.

¿Cuál es tu rutina de trabajo ahora en Limache?

No sé, a mí me carga estar en el Zoom en la casa. Fue muy raro el paso de moverme y estar en muchas librerías, que me encanta, a deber encerrarme en mi casa, en mi escritorio, con el teléfono. Tu espacio personal pasa a ser tu espacio de trabajo, un poco tuyo. Como no salirte de tu espacio personal para hacer ese cambio es cuático. Igual lo he sobrellevado porque tengo este parque, los cerros de Limache cerca de mi casa. De todos modos, es loco, me gusta demasiado moverme.

¿No te complicó que fuese muy pequeño?

Pasado al puente yo iba a una librería de Una Casa de Cartón y acá, si tú miras, hay algo verde un poco más arriba donde está el espacio Galería de Arte Ex Golondrina, que era donde daba el taller de niños. Un día estaba allá, otro acá, otro en Valpo. Con los Andes iba a ser un desafío porque iba a llegar más tarde, mi hija y todo el show. Pero me encantaba también porque iba a estar en una librería bacán, que mueve mucho libro. Se llama Librística. Queremos retomar en verano unos clubes de lectura, ver qué pasa presencialmente.

¿Qué te gustaría para la provincia en cuanto a la industria literaria?

Crecimiento editorial, fortalecer las editoriales locales. Profesionalizar. Porque si no crecen estas microeditoriales como Corazón de Hueso, nunca vamos a competir con una editorial de Santiago. La profesionalización y la igualdad de fondos, a veces ese es el atado. Tienes que estar postulando a fondos, generar lucas. Aquí no hay una casa de cultura o una dirección de cultura que apoye la literatura. Acá en Limache nadie cacha que yo escribo, más que el círculo con el que me muevo. Nadie cacha de editoriales.

¿No se podría decir que Limache tiene su público fiel?

Obviamente hay público fiel pero no todos se tiran a la piscina para escribir.

¿Es una ciudad lectora?

Yo no soy quien para responderte eso pero creo que se está vendiendo harto libro. Aparte hay otra librería ahí, gracias al Diego Alfaro, cerca de Una Casa de Cartón que funciona como estas librerías clásicas de barrio que tienen hasta los libros que necesita el cabro chico para colegio. Se agrandaron y pusieron libros nuevos. Tenían su público, libros, pero no siempre eran nuevos. Ahora está como ese brazo.

¿Entonces cuál sería el valor agregado de seguir enseñando literatura aquí?

Siento que la gente tiene muchas ganas de cosas culturales. Ha habido recambio de la educación, de la gente, de querer instruirse en distintas cosas. No sé, como que tienes opciones de tomar un taller de pintura como tomar un taller de trapecio. Se está ampliando. Antes Limache era súper muerto. Pero considero que ahora con esto que se generan distintos espacios culturales se ha ido abierto y ampliando también la necesidad. Si hay una necesidad de algo, habrá este servicio.

Oferta, demanda.

Hay más gente que quiere talleres.

(*) Fotografías de Kika Francisca González.

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