A través del caos del cine experimental se retrata a Eduardo Correa (1953-2014).
Por Fernanda Meza
La historia de la ciudad se podía contar solamente a través de sus márgenes y eran los marginados los únicos que sostenían la palabra. Las llamas abrazan las escenas, el fuego de su cuerpo consume la hoja y lo escrito. Ímpetu se cree preparado para devorar, desliza su lengua por el mundo, arrasando, volviéndolo cenizas. Indaga en la bitácora de su cámara deslucida. El cine transmutándolo a personaje más allá del papel y la imagen. Hablamos como muertos, y estos le retienen levantando la mano y concentrando su mirada.
Anonimato en la escena de los años ochenta, practica aprendida al filo del estado de sitio, necesidad y sobrevivencia. Eduardo al contrario, performer en esencia, el escenario lo llama, el estar al centro del tejido. Sabe lo que vale y por lo tanto abre espacios, sale de la provincia. En deseo de construir un legado da vida a relatos. Ficciones estrellándose en el casco histórico de Valparaíso. Se acerca a Santiago y entabla diálogos con sus coetáneos, le invitan, se invitan, entra al círculo del privilegio al que realmente no pertenece, la nebulosa de no ser parte de la capital. El territorio y el pacto transcendental al dar zancadas, no está permitido correr, mejor seguir cocinando a fuego en casa, en el refugio del mapa propio: no es necesario consultarlo. Lo literal se traduce en la obra, en lo que queda. Autopublicaciones adornadas en grabados de amigos y amigas artistas, fusión de los caminos trazados. Algunas de estas vueltas a publicar en editoriales establecidas como El incendio de Valparaíso de Editorial Altazor reeditado póstumo el año 2015 a un año de su muerte, edición muy lejana de la primera edición lanzada en un lejano 2003. Otras quedan solo en las rarezas y libros objetos guardados al fervor de proteger lo único: rellenos de energía fluyente. Encontrar o restituir el espacio, la palabra se forja en lo de afuera. Habitar las construcciones hechas en imaginarios colectivos: marañas de situaciones cotidianas al filo de la ficción, películas clavadas en la ciudad, en los que avanzan por ella pegados a la pared.
Los personajes al margen lo obsesionan y como una sinopsis aparece la dicotomía entre el bien y el mal. En Bad Lands de Terrence Malik expone la dualidad: un chico con chaqueta de cuero sumergido en desasosiego ayuda a su novia a matar a su padre. Tras el hecho huyen sin destino en una procesión eterna en la que ambos deambulan de uno a otro arquetipo ¿Así somos los humanos? Seres construidos capa a capa en un sinfín de contradicciones. Su novela La perla negra del barrio chino del 2001 describe la búsqueda de un asesinato ejecutado en 24 puñaladas, el puzle uniendo desde la primera hasta la última estocada. Personajes de cabaret y hampa se escurren entre películas y cultura pop, la migrancia en la ciudad como eje. La senda peligrosa película sobre la historia de un prófugo que cambia su rostro para volver a las calles se encuentra escondida en personajes no visibles desde ahí deforma el puerto volviéndolo grotesco en el gesto neobarroco del quien lo cuenta. Marginal desde la palabra, la identidad reafirmada en cada cuerpo creado por su mente. El sendero cruza sus ansias de reconocimiento con su necesidad de huir. Paris-Texas atraviesa el viaje como senda de redención, la búsqueda innata del destino se convierte en la sed de los incendios, en lo seca de la tierra. La memoria a través de vivencias y recuerdos reconstruye la senda, será que Correa perdió ese intercambio y se sumergió en el olvido como Travis: iracundo y bebedor. El personaje se adhiere a la carretera y en edificación de la descendencia adquiere la entereza necesaria para soltar. El daño está hecho y son los tres personajes un símil de su mente. Reflejado en cada actor con sombrero y abrigo, reflejado en la trágica dolencia de transitar las carreteras y los incendios. Ahí arde el desierto abrazándolo en calor mientras su mente divaga con Nueva York o un París de luces y no el del polvo perdido en el recuerdo. La tormenta mental exalta en acción a los personajes, se enfrente a las batallas épicas de su mente y ego. Jane en el cubículo es llamada por una ficha, Travis sentado con el teléfono en la mano comienza a abrir la herida. La cicatriz nunca cerró, el hijo es sólo un reflejo del abandono propio, mutuo, mancomunado al juego de la familia. El amor se secó y el dolor evidencia el final. El tiempo sobra y Jane susurra en llanto no te vayas, Travis entrega a su hijo, comienza en nuevo círculo del trauma. Eduardo sentado frente a la mesa de su casa: Traslaviña, Viana, calles en sus ojos y el sol entra por la cueva. Acogido en este escape la maleza crece fuerte en el patio y Viña del mar ruje a coro con el dialogo de desesperanza, Travis renuncia al silencio y cuenta su historia, la historia que olvidó. Lucha por nacer la repetición del drama en la pantalla y en la vida. Es el cine y sus imágenes, el contraste del blanco y negro o la intensidad de las historias: entregarse al conflicto y como un Rorin ser capaz de enfrentar el viaje y la salvación. La estetización de lo sórdido a base de un héroe enfrentándose a sus demonios, a lo oscuro de vivir en sociedad, la latencia de los celos cual misil a la perdición.
Los personajes apoyados en las frías edificaciones, invierno afuera coloran la ciudad puerto de saturados tonos conformados del papel film o en plena presencia/ausencia de luz en los delineados blanco y negro. Extraños en el paraíso en cuadratura entrega la habitación grisácea ocultos en el humo de miles de cigarrillos atorados en los ojos del escritor y del cineasta. La proyecta en la Universidad Santa María, casi en paralelo con su estreno en 1994, transforma la sede en que dirige una extinta área de humanidades. Las palabras rondan en puestos de venta de libros y poetas transitando las ponencias de Maturana o Zurita, el escenario grandilocuente evoca a Jim Jarmush y los edificios se alzan protegiendo la ampolleta del proyector que seguramente materializó las formas vividas de Eva y Eddie, el auto, el frio y los chalecos de lana adheridos a sus cuerpos. Lo nuevo lo emociona, vibra en un estándar Beat, gusto por lo moderno. El arte le nutre alojando en sus palabras imágenes retenidas en la memoria, disco duro de celulosa tatuada de narraciones. Su mente en búsqueda de marcar con su nombre la historia, el cine lo marca a él. En lo hondo aloja las luces y son pequeñas ciudades descubiertas en la filmografía de su vida.
Materializador de vidas anexas al estándar, prostitutas, traficantes, migrantes, mujeres, travestis, maricas, detonan el variopinto abanico de voces y experiencias. Valparaíso encarado desde el callejón de los meados desenmarañando lo bizarro de la ciudad. La voz está en el cemento y es a través de este que los pros se abren y absorben la desolación de un puerto en llamas. El fuego lo devora todo y son nuestros cuerpos los catalizadores de esas historias. El oxígeno avanza y las llamaradas bailan desaforadas alrededor de lo que no está contenido: casualidad y causa. Fervorosas viajan por las callejuelas y a modo de prisión encierran el recuerdo en pequeñas historias, desata los nudos.
Las personas no pestañean, absortas la Balacera Recomendada y la Eremita Castillo observan el mundo cayendo, destrozándose frente a ellas. O a Callejas mientras se cruza con el chino traficante siendo una más de las premoniciones de muerte de un cola a plena noche. Se adentra en la mezcla, de sueño, epifanía y divagación. El contraste y la forma, el brillo propio de la humedad, parias deambulan por los cerros y será el poeta quien les atraiga a la trampa. Todas frente a la ventana viendo el fuego caer como lluvia. Inundado el barrio en marea caliente, no distingue carne de materia vegetal. El eucalipto enardece transmutando a gasolina inminente ¿Qué inmobiliaria querrá el cuerpo de Eduardo? ¿La tierra estará preparada para él? Pensando en Dadá y surrealismo aparta los pies y el arte se escurre por la rendija de la puerta. Ir a la peluquería o constatar lesiones mientras el juego llena la hoja. La hoja es el camino y llenarla la meta. Ahí se sienta Eduardo, el Whisky hiede y los premios nunca llegaron. La vejez devorando desde dentro, el olor a la soledad se envuelve en el estómago irritado, esperando la visita del cementerio, la imagen de la tierra cayendo sobre él.
*Ilustración de Vladimir Morgado.
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