Si algo descubrió es que las raras tienen historia en común con las locas. A su edad, explora otras maneras de compartir, escuchar y crear bajo este postulado. Autora de tres publicaciones de lo que la gente llama poesía, esta escritora hoy nos palabrea sobre su necesidad de contar para seguir hallándose en cientos de posibilidades.
Por Tabata Yáñez
A eso de los 12 o 13 años, no está muy segura, se detuvo frente a la reja de uno de los patios con vista privilegiada al mar del colegio Sagrado Corazón de Jesús, donde estudió casi toda su vida. Era una tarde de invierno, llovía, había mucho viento. Parada allí podía divisar cómo un barco luchaba para no ser arrastrado por la corriente; un baile entre él y las aguas. Ahora lo recuerda y le produce cierto escalofrío. Pero en ese momento le pareció tan bello, a punto tal que no se dio cuenta cuando sonó la campana. Una profesora, incluso, fue a buscarle y se quedó un rato a su lado contemplando.
“Traigo a colación esta escena porque a partir de ahí empecé a pensar que tengo muy hermosos recuerdos de esta vida en Valparaíso. Ha sido mucho más que solo pasar por ciertos lugares de la ciudad, sino que vivirse en la ciudad”, relata al principio de nuestra entrevista.
Lilit Herrera Contreras, porteña, habita Playa Ancha. “Maricona pintá hasta mujer barbuda de ancha espalda” como se describe en las RRSS, escribe desde que juntaba letras y les encontraba un sentido. Ya siendo chica inventaba guiones en su cabeza, los volvía telenovelas según el año escolar: primer semestre era telenovela uno, segundo era la dos. Funcionaba en la lógica de la llamada guerra de las teleseries. Así pasaron 6 años y 12 guiones en total. Ha publicado 3 veces, Lulú (2016, autoedición), Transidio de Lulú (2018, El Rebrote Ediciones) y el libro de cuentos Una noche junto a Cenicienta (2018, El Rebrote Ediciones).
¿Por qué comienzas a escribir versos? porque tú escribes solo poesía, ¿no?
No sé en realidad porque no sé quién me dijo una vez que ahora la gente le llamaba poesía a cualquier cosa. Y si fuera por eso tendría que responder que sí, aunque en realidad quien me lo dijo fue alguien con postura de persona docta, a las que yo mantengo con cierta distancia. Pero por alguna razón tengo muy presente lo que dijo. Entonces, quizás para enrabiarle o tal vez para darle hasta la razón es que sí. Son mezclas en realidad. Jugar, combinar estilos. Me gusta esa posibilidad. He escrito cuentos, poesía, de todo, algunas cosas publicadas, hechas libros y otras que no han llegado a serlo y he subido a otras plataformas.
¿Qué escribes más?
Supongo que dependerá del momento, lo que sí sé es que cuando escribí eso que llaman poesía fue por tomarme de algo para seguir al dejar de militar en un sector de la izquierda. Sentí un vacío. Mi vida no tenía brújula, era una persona aún muy cuadrada, muy hija de la modernidad. Ahora me parece que hay otras formas, depende mucho de los contextos y territorios. Antes decía que me salvó, ahora evito utilizar esa palabra. Creo necesario -al menos para mí- eliminar ese lenguaje tan propio de una colonización que hace que cuerpos como el mío y el de amigas seamos excluidas y marcadas por un tiempo histórico que no nos quiso nunca aquí. Incluso ahora que va a pasearse por las calles de Santiago y Valparaíso ese llamado bus de la libertad.

DE MUY HIJA DE LA MODERNIDAD A LOCA
Estudiaste Pedagogía en Castellano, ¿por la literatura?
Había un programa de entrevistas a escritores/ras que me animó porque iban personas que decían haber estudiado otra cosa y de pronto sintieron la necesidad de escribir. Yo pensaba, claro, no hay por qué estudiar literatura necesariamente. Cuando entré a pedagogía creía que debía desempeñarme bien en el aula. Estar ahí para las, los y les estudiantes.
¿Te fuiste por ahí y qué pasó?
Sí, bueno la gente cambia. No me gusta eso de gente, humano ni mucho menos de ciudadano, sino la posibilidad de romper el contrato social más que volver alimentarlo con la figura del “nuevo pacto social”. En ese momento sentía que debía ser buen profesor. Justo esta situación travesti, trans estalla ahí. Cambia mi perspectiva. Me di cuenta que la sociedad en general es rígida pero el mundo integrado por distintas especies es plural y flexible. Comprendí que la labor pedagógica podía realizarla fuera de las escuelas, para mí cárceles. No quería transformarme en un gendarme ni un policía.
Entonces me dediqué a lo que la gente llama la locura, por eso hay acá una muñeca y cada vez que hablo peino a la muñeca. Porque si algo descubrí es que las raras tenemos una historia en común con las locas. Que nos digan así no es coincidencia. Y lo que nos dice cierto activismo trans, incluso el mismo que escribe cierta poesía, es que las personas trans no somos enfermas. Yo creo que sí podemos serlo, como no serlo. Pero que eso sea una posibilidad de potencializar, no anteponer el “no”. Pensándolo de ese modo, empezando a peinar la muñeca es que comencé a explorar otras formas de lo que se puede decir “enseñar” que para mí más bien es compartir.
Una cosa me llamó la atención de lo que dijiste y justamente te iba a preguntar: ¿existe una escena de poesía trans en Valparaíso?
Eso de escena trans lo entiendo como una comunidad y lo tiendo a mirar con cuidado porque me da susto reducirlo a la identidad de género. Creo que en Valpo hay cuerpos, existencias e iniciativas que apuntan a poner en tensión esas prácticas hegemónicas de crear y expresarse. Hay una sobrevaloración de la seriedad. Cuando dicen “pongámonos serios, a trabajar” pienso qué terrible. Y una de pronto conoce gente del teatro o la poesía que lo pasa tan mal con la seriedad, pues rigidiza. Eso en general no se encuentra en estas expresiones, posibilidad que se da en ciertos puntos de este territorio llamado Valparaíso.
En De Maricas Y Señoras, Lilit cuenta que junto algunas amigas y amigues van creando desde un lugar que no es serio ni rígido, no por eso menos constante. El trabajo se hace y de manera muy consciente, persistente. Actualmente están desarrollando el Ollón de las Putas, detalla que hay un montón de seres que van a mostrar su arte. “Aunque también va gente, por ponerlo en términos simples, no heterosexual y que no se siente a sí misma como hetero. Ha sido un lugar de convergencia”, termina.
BAILAR LA LITERATURA
Lo que podríamos llamar tu poesía ¿es un espacio de resistencia o denuncia?
Pienso que dependerá del momento en el que se escriba, así como en el que alguien pinte, baile o exprese. Lulú fue una necesidad de hablar de la infancia, pues era un lugar que me dolía, sangraba todo el tiempo. Si con Lulú me lancé al río, con Transidio al mar. Eso implicó expulsar mucha rabia. Si se quiere, ese podría tener algo de denuncia. Pero de mostrar sin el miedo a quedar como pesada porque en realidad es más o menos lo que se me ha dicho. Entonces qué me iban a decir a mí, ¿resentida? Bueno, sí, eso es algo que siempre he sido y lo asumo. ¿Pesada? Sí, también.
En una entrevista que diste a la Juguera Magazine mencionan que comenzaste a politizar tu identidad y a realizar performance cuando era necesario de hacer, en ese sentido, ¿cuál es el papel de tu poesía en dicha tarea?
El otro día hablaba con una amiga acerca de los llamados activismos, en algún momento como que se pelea entre sí. Fui parte de eso porque estuve lastimada. Era muy fácil enfrascarme en un pleito con alguien y uno de esos seres fue Claudia Rodriguez, activista travesti a quien le guardo profundo cariño. Me posibilitó darme cuenta que habitaba en mí una urgencia por contar historias. Lo que Luciana me viene a mostrar siete años después, Claudia lo hace primero cuando llega a mí su poesía travesti. Al leerla tenía la necesidad de encarnarlo, pararme, caminar, bailarlo. No era algo habitual en mí, me había ocurrido una vez con Lemebel. Descubrí esa posibilidad que en mi ya hervía. Comprendí cómo la literatura puede ser hablada en otros códigos que no sea papel escrito, sino que puede fluir hacia muchos lugares y es lo que me sigue haciendo sentido.

ESCUCHAR/CAHUINEAR
¿Hoy cuál es tu necesidad de contar?
Ay yo quiero profundamente escuchar o percibir. Bueno, no todas las personas pueden. Ayer contaba que hago cahuinsatorios, lo nombro así porque en una asamblea territorial de Rodelillo se dialogó respecto a cómo llamarle a una actividad. El vecino Manuel que habita el paradero 14 dijo “no nos compliquemos con eso y llamémosle cahuinsatorio”. Me lo grabé y tomé para darme cuenta que somos seres híbridos. Digo esto ya que para mí se ha vuelto muy importante escuchar. He aprendido que precisamente se aprende cuando se le presta atención al otro ser. Estoy creando de manera colectiva, trabajando en cositas de historias con otros dos seres. Ha sido un proceso maravilloso. Así que puedo decir que estoy con los cahuinsatorios, que sigo aprendiendo a escuchar realmente o más profundamente y sigo intentando experimentar otras posibilidades.
¿De todo?
De todo. Me acabo de acordar de la Julia Casteribe, una mujer trans guionista y cineasta brasileña, que dijo que hacer películas para ella se convertía en la instancia de contar historias en las cuales iba a poder vivir todas esas historias de amor que no ha podido tener. A mí me pasa que necesito contar pero para seguir descubriéndome en otras posibilidades.
Me queda la duda al final, ¿te podría catalogar como escritora o poeta?
Ay yo aquí me voy a poner amarilla. Y es que si algo aprendí cuando fui a estudiar en la universidad eso de Pedagogía en Castellano es que había distintas teorías y una de ellas tenía que ver en cómo las personas interpretaban la obra. Bueno, no me estoy comparando con una obra, para nada (risas). Pero pienso, por ejemplo, le acabo de decir “activista travesti” a Claudia Rodriguez, Irina La Loca llamó “transformista” a Hija de Perra, yo le decía que era “un ser otro”. Entonces, creo que me puedes poner como tú gustes, no tengo un problema con eso. Como dijo una amiga: no somos solo lo que decimos que somos, sino también hay una serie de versiones acerca de nosotras, nosotres, nosotros.
*Fotografías de Kika Francisca González
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