Último avance del largo perfil sobre Ximena Rivera, la más importante poeta de Valparaíso de las últimas décadas.
Por Fernanda Meza
Cuidando autos afuera del Palacio de Justicia delira en las palabras y las cosas. Quien fríamente saca su mano por la ventana de un auto del año anterior con desdén la mira como insuficiente. Ella toma la boina entre sus uñas y dibuja en su mente los trazos de algunos versos. La boina la deja sobra las piernas mientras marinos caminan por el costado del edificio, el pasto la conforta y observa los autos envuelta en un chaleco amarillo sobre su polera de Rimbaud. Más tarde en el “Playa” leyendo Delirios o el gesto de responder llevará la misma pinta pero esta vez con una chaquetita sin mangas que tapa el polar de su cuello. Rimbaud mira los autos, mira a la gente escuchando en silencio. Las palabras vibran saliendo de su boca, la mueca frente a la lupa disociando su imagen. La lupa estandarte del personaje y la persona. En los sueños como en los recuerdos no necesariamente hay consensos.
A través de quienes nos rodean en diferentes niveles podemos constatar lo que una persona fue antes de ser la imagen creada por el boca a boca. Ximena experimenta la exposición tras morir. Vivió en cada experiencia aliada a quienes llevan la palabra como arma y escudo. Encontrándose en cada pequeña anécdota o detalle de un encuentro casual o consensuado. Los ciclos de poesía en el bar “Playa” nutren fuertemente el nexo, se afianzan las comuniones y despierta pequeños secretos de hermandad. El flujo de escritores y artistas en sucuchos de cerveza y papas fritas nutre a toda generación que se dice escribiente y es en esos espacios que se articulan los deseos, las mancomuniones. También trampas, cofradías ¿Hay ética cuando creemos tener razón?
El tiempo define lo que hacemos y somos, lo productivo se mide en ello. La producción nos permite permanecer en el tiempo, existir. ¿Cuándo logramos un lugar en el mundo no lo notamos y simplemente es difuso e incongruente? La biografía resume parte de nosotras, nos constituye para un afuera mientras el interior se transforma en mito.
La mañana como sagrada palabra construye las sendas del día, visitar a amigas como mantra y música de fondo. Temprano se asoma a una casa del cerro Cárcel envuelta en su polera de Cerati. La noche anterior seguramente estuvo traduciendo signos de sus letras y como continuación del trance lo viste en símbolo de búsqueda. Creía en la comunicación con los espíritus y los portaba a modo de pancarta en el pecho. La amistad es un concepto importante en su vida. La lleva como estandarte, o guerra o amor. Las facetas de su personalidad le posibilitaban la transformación. Son estas caras las que deforman el camino, es decir, las que le dan la capacidad de ser una con unos y otra con otros ¿todas lo haremos?
Ximena baja a comprar el almuerzo, imaginando el gran banquete. El Tote España se aparece de la nada, en los bolsillos uno de esos premios que no se esperan. Juerga de tres días los llevan a sumergirse en el juego. Disfraz y locura, comida y baile, todo dispuesto ante ellos. Devorar el puerto para luego volver a la madriguera. Así son los que no tienen nada, a los que no les importa la acumulación, los seres que si entendieron a Diógenes. Iluminada su polera de Rimbaud, leyendo sus versos. Siendo el ícono de la observación y la información de lo cotidiano en senda construye las preguntas como necesidad. Se sitúa entre los creadores del pensamiento moderno. Ximena libera las palabras y en aliento de otro tiempo es entregada al éxtasis de contar los versos, flâneur porteña observando la degradación, ejercicio analítico de dibujar el territorio. Hablar de la muerte y de la ciudad a través de la voz de un poeta ya muerto descomponiéndose en algún cementerio al igual que ella en este preciso momento. Encontrarse en la poesía y la infección como medios de transmutación. Él dentro de ella le entrega el ritmo de sus signos, desde el estómago abriéndose camino hacia la garganta bullendo en tangente hacia el afuera. Eructa las palabras por su boca, la lengua atorada en sonidos. Enérgica recita los versos del poeta putrefacto, mientras a cada palabra se adhiere más profundamente en su propia putrefacción.
La hoja blanca se extiende como lienzo y rellenarla, el espacio se transforma en el medio para comunicar. El texto es un ejercicio que difiere del afuera, el acto mágico de transformar la luz de esa lupa en el siniestro intertexto. Relee Una temporada en el infierno y se sumerge en su propio estadio del infierno. Elige el aro y se queda culposa imaginando algunas calles de Francia que probablemente son tan angostas y con tanto olor a pichí como Valparaíso. Camina a cerro Toro y lo observa todo. El puerto imponente es una Francia de 1800 resistiendo el progreso a punta de poemas. Resistiendo el paso del tiempo. Es tanto el movimiento y las posibilidades. Transformarse en transcriptora de la historia del tiempo presente. Una caminante sin trabajo de oficina visitante de pequeños puntos disonantes. Las sombras. Un anti prototipo pero que en lengua y filo representa lo mismo.
Mirarla hace caer en sus facciones, en su vestimenta, la dureza de sus formas, aun así, esboza una sonrisa llena de nervios y ansias. Dice ser resentida ante el medio, recién al lograr ser vendible la observaron, dice que un libro escrito a mano por un lápiz BIC es notable. Ximena recibe y eso es riqueza, desprenderse de lo no permanente. ¿Hay pobreza en llegar a 8vo básico y sin embargo leer tanto como la abuela? Envuelta en novelas románticas o policiacas se construye como devoradora de libros y fagocitadora de palabras. Jugando con esto decía a los poetas no conocer libros que sí conoce.
Cuando no tenía nada subía las escaleras de Emergencia Narrativa y bajaba con libros que luego vendía en algunos bares y lugares de Valparaíso. Cuando ni gas ni válvula se encontraban entre las comodidades aparecía mágicamente dinero como si pequeños duendes estuviesen fijándose en sus necesidades. La mercadería que mes a mes una amiga querida entregaba sin jamás retrasarse. Un homenaje en vida en un proto “Sitio Eriazo” la llevó a entender el borde como su espacio, no sólo el género y la salud mental la dislocaban. Los prisioneros de la cárcel de Valparaíso cocinaron veintenas de empanadas en tributo. La vislumbraban en cada actividad con versos en mano para compartir con ellos, agasajarlos, hablarles de otro adentro.
Años después llega a su cueva sin expectativas. El fotógrafo la espera sentado e instalado. Ella en su mundo interno se fascina. Él le cuenta de la obra que hará con ella, ella posa entregada. ¿Qué sucede en la cabeza de alguien que no vive en el aquí y ahora?
La luz del techo se refleja en la lupa, está levemente proyecta la refracción hacía la hoja. En el libro se ve un pequeño círculo naranja y amarillo mientras afuera la luna refleja las sombras de las latas incrustadas en los techos.
Ilustración de Vladimir Morgado
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