Un recorrido por el paso del autor de Los detectives salvajes por la ciudad de Quilpué, donde la infancia, el fútbol y la literatura se unen en una Copa Mundial.
La literatura, como el fútbol, no se mide en pasiones ni idolatrías. Hay quienes rememoran a grandes movimientos literarios como si fueran míticos equipos de hazañas épicas, recordados por su rebeldía en la cancha o en las letras. Pero también las individualidades cuentan, y escritores se tornan santificados, dejando la admiración en quienes quieren proyectar sus deseos de gloria en las figuras del pasado. Y Roberto Bolaño no es la excepción. El Bolañismo se vive de manera fuerte, como una barra brava fiel y que la canta hasta el final. Pero también tiene sus detractores, argumentando que su prosa no era tan buena, y que su encumbramiento a talento de la escritura se debe, en gran medida, a la sufrida realidad que le tocó vivir antes de su breve periodo de éxito en vida, que lo tuvo dando vueltas por el mundo, previo a su fatal deceso.
Bolaño habitó en un derrotero de ciudades en nuestro país, para radicarse junto a su familia en México, volver a Chile semanas antes del golpe de estado, tras el cual cayó preso durante ocho días, para retornar al D.F. a sobrevivir penurias y, de ahí, trasladarse a Cataluña hasta su muerte, por una insuficiencia hepática. Pero el país de la infancia, tomando versos de Gabriela Mistral, siempre se sintió cercano para el escritor, quien visitó Chile después de 25 años en el extranjero. Y las huellas que dejó acerca de su niñez en su obra no son pocas, y se pueden apreciar en breves pasajes de sus textos. Eso es lo que nos trae a Quilpué, donde residió desde 1959 hasta 1964.
Vivió en El Retiro, el barrio con mayor identidad de esta ciudad. Apostado en el sector norte, cruzando la línea del tren y custodiado por un estero del mismo nombre de la comuna, este centenario lugar goza de vida propia. Acá aún se respira ese tranquilo aire de provincia, donde se puede transitar por el medio de la calle y son los autos quienes se corren. Un sitio quizás detenido en el tiempo a propósito por sus habitantes, para luchar contra el destructivo progreso transformador de la identidad barrial, haciéndole el peso al desbordado crecimiento económico que devora el centro de la ciudad. Hoy sus vecinos se encuentran en pie de guerra en contra de las inmobiliarias, que vienen a profanar suelo sacro con monstruosas construcciones en altura.
Es usual encontrar entre sus arterias placas conmemorativas a héroes vecinales, personalidades destacadas para el crecimiento del barrio o residentes ilustres, que brillaron irrefutablemente en sus áreas de realización. Este es el caso de San Enrique N°1890, esquina Independencia, donde se ubica la que fue la residencia de la familia Bolaño Ávalos durante su estadía en Quilpué; una casa quinta, hoy compartimentada en cuatro domicilios, y frente a la cual construyeron un condominio de casa grises sin identidad. Conmemorando una década de su fallecimiento, la Junta de Vecinos decidió rendir un homenaje al escritor, instalando allí una placa que, con el tiempo, se transformó en sitio de peregrinación para estudiantes o admiradores de Bolaño. Pero sólo es un pedazo de concreto en la muralla de una vivienda, lo que queda es la historia de sus pasos por estas calles.
Avecindado en 1959, Roberto experimentó una infancia normal para esos años. Junto a amigos del barrio cruzó en ocasiones al Fundo del Carmen, donde actualmente se encuentra el malogrado zoológico de la ciudad, a robar uvas. Caminó por sus cerros, donde en más de una vez cayó rodando por sus laderas al jugar a los pistoleros. Cursó sus estudios primarios en la Escuela N°98, a pasos de su casa, que recibía a los niños del sector y donde su madre ejercía como profesora, para ser matriculado posteriormente en el Colegio Alemán, en el centro de la ciudad, donde estuvo hasta quinto básico, antes de marcharse al sur. Es recordado por un léxico inesperado para un niño de su edad, que contrastaba fieramente con la forma de hablar de sus compañeros, otorgado por una enfermiza adicción a leer su biblioteca personal, según un médico de la época. Era de los pocos niños que podían decir que poseían un caballo, Poncho Roto, y el cual retrató como Zafarrancho en su cuento Últimos Atardeceres en la Tierra. También dijo que acá tuvo su primer trabajo: de parrillero en las micros que iban y venían desde el puerto hacia el interior.
Pero lo que más afirmó su relación con El Retiro fue el fútbol, amén de sus recuerdos más importantes de su paso por esta ciudad; acá empezó a practicar este deporte con varios inconvenientes. Aptitudes físicas no tenía para nada, pero las ganas de emular a sus ídolos y lograr grandes gestas deportivas eran más fuerte. Incluso el fútbol fue lo que lo llevó a pensar que era disléxico, pese a que su madre lo había hecho diagnosticar varias veces. Participaba en un equipo de barrio, donde lo hicieron jugar de wing izquierdo, usando la 11, pero donde no pudo rendir nunca; sus intervenciones eran más miserables que fructíferas, tanto que a veces le quitaban el sueño. Escribía con la derecha, pero chuteaba con la zurda. Esto llevó a que su entrenador lo pusiera en esa posición, pero donde encontró grandes problemas al no lograr discernir entre la diestra y la siniestra, terminando la mayoría de sus pases en los potreros que rodeaban las canchas.
No obstante, en las pichangas de barrio, casi como un acto poético de redimirse en el puesto más ingrato de todos, disfrutaba de manera masoquista al ubicarse bajo los tres palos y recibir los pelotazos de sus contrincantes. La posición de arquero era su obsesión. Más aún, lo hacía vestido completamente de negro, en homenaje al que fuera su ídolo de la época: el portero Lev Yashin, la Araña Negra que custodiaba la valla de la Unión Soviética. Ya con la realización de la Copa Mundial de Fútbol en Chile el año 1962, su relación con este deporte creció desmesuradamente. Escuchando en el tenor inconfundible de la voz radiofónica de Julio Martínez los partidos del seleccionado nacional, también tuvo la oportunidad de presenciar algunos cotejos que se disputaron en el Estadio Sausalito, en Viña del Mar.
Pero fue la presencia de unos vecinos fugaces la que le otorgó su mayor gloria deportiva. La selección de Brasil, vigente campeona del Mundial de Suecia 58’ y futuros monarcas del certamen realizado en suelo chileno, se alojó en el Balneario de El Retiro, creado para los funcionarios del Banco Estado, ya que la fase de grupos debía realizarla en el reducto viñamarino. Coincidentemente, el centro turístico de torreones blancos con techos terracota se ubica en la misma calle donde residía la familia de Roberto, solamente separados por una quebrada que posee un casi extinto riachuelo. En ese entonces, su padre se encontraba participando de algunos arreglos en el lugar, lo que permitió que el escritor invitara a algunos de sus amigos a ver los entrenamientos del scratch. Aún no se logra corroborar la realidad de la anécdota, ya que la única fuente que lo comentó fue Bolaño mismo, pero si hemos de creer, ocurrió más o menos así:
El entrenamiento llegaba a su fin. Las figuras de la verdeamarela recogían sus cosas para irse a las duchas, cuando la cancha fue invadida por niños que querían estar cerca de sus ídolos. Entre ellos Bolaño, de punta en negro, que logró convencer a un grupo de futbolistas para practicar una tanda de penales, argumentando su afán por defender el arco. Riéndose, los jugadores aceptaron. Quizás Garrincha comenzó pateando, un tiro esquinado que dejó sin opciones a Bolaño ni siquiera de rozar el esférico. Zagallo, con parsimonia y elegancia, logró engañar al joven portero y enviarlo hacia el otro lado. Vavá, con la arrogante seguridad que lo transformaría en el goleador de la copa del mundo de ese año, se plantó frente al balón y observaba al pequeño y menudo arquero, sudado, manchado de tierra, con el ceño fruncido por no lograr una intervención digna de la Araña Negra, a quien le estaba fallando. El astro brasilero realizó una carrera corta, puntazo a media altura a la izquierda del guardameta, quien, casualmente, se había lanzado hacia ese lugar. Taponeó el balón con sus manos, o tal vez fue su cuerpo o su rostro. Bajo aquel arco de El Retiro, Roberto Bolaño le detuvo el penal a Vavá, ganando así su propio mundial.
*Ilustración de Vladimir Morgado.
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