Quizá uno de los misterios más inaprensibles de Ximena Rivera es tratado de alcanzar con lenguaje poético y camaleónico, en la continuación de esta semblanza por entregas.
Por Fernanda Meza
En las bibliotecas se le conocía por ir constantemente, la filosofía y teología se transforman en intereses básicos. Ximena se planta desde lo originario, Dios y su madre construyendo así el código de las palabras, las ideas la mantienen en constante reflexión. Son las preguntas iniciáticas las que la obsesionan. Cuando la escritura es más que el medio se transforma en un acto recíproco de conocimientos. Interpretar lo que sucede desde la rítmica de las deidades.
El canal conecta a Ximena con las entidades construyendo una dimensión contigua, lo primigenio se antepone a cualquier rito, práctica o disciplina. La huella se mantiene como vestigio, el poema deja en el papel la presencia. El ritmo como medio precede a la apertura del portal. El trance en el sonido de la métrica, en lo que sugiere el poema. Es la palabra y el verso en sí mismo lo que condiciona la pulsión produciendo el clímax, el nirvana del canto hacía el significado. Lo productivo no está en juicio, es dejado de lado por el acto de la creación.
Estática logra entrar en las dimensiones, abrir el portal. Mientras brotan las palabras nace la música, la música logra sostener el cruce al otro lado. El canto traduce el ritmo, volviéndose una con el universo. Las letras no salen de la lengua aparecen agudas desde la voz ontológica —no aprendemos su dialecto sólo logramos traducirlo mediante versos.
La poeta al ausentarse escucha las palabras que nacen de otro lenguaje transformándose en el canal que las reproduce, a esto Ximena lo llama supralenguaje. El arte de las analogías religiosas, la casa como metáfora presente desde la historia personal, la capacidad de transcripción. El árbol de la vida se manifiesta en su enorme vocación por los signos ¿El amor a Valeria será sólo un signo más? La sombra mantiene su alma intacta. La poesía es la respuesta, la creación como servicio de lo trascendental.
Adoquines y ruinas sustentan el escenario, la casita en Clave la alberga. Encontrarse con ella contactando las entidades, mientras prepara el espíritu para conectar con lo originario, serenidad y espera, la ausencia. Sentarse en la casa de madera, ver como es roída, absorbida por el naciente líquido. Respuestas contestadas por las preguntas en perfecto ejercicio reflexivo conectando con el centro de la mesa cubierta por el paño rojo. La ventana da al puerto, inerte dentro del casco histórico, observa en cada una de sus viviendas en sus últimos 20 años el puerto y La Matriz alzada entre los techos de lata que la reciben y dan los buenos días mientras los gatos se estiran y las ratas hurgan en la basura. Residencias que el tiempo corroe, como las termitas anidando las casas colgada del cerro.
Todo en esa calle se derrumba, pequeñas chozas húmedas brotan sobre los escombros de enormes casonas coloniales. En cuneta se extiende el basural, el color sepia de tiempos anteriores. La peluquería, el quiosco, el almacén, la botica y el restorán, son iguales: ¿porotos con riendas o cerveza? Como espejos amparados en la falta de luz.
Enorme como monocultivo florece el puerto, de fondo el mar se pierde tras paredes y mallas de kiwi. Se aleja de ella, de todos en Alimapu. Ejercicios de memoria y concentración para manejar la energía. Recuerdos muy vividos que transmutan a la entidad. ¿Cuántos personajes la habrán acompañado? Valeria es el inicio de lo que anida en la mente de la autora, señuelos sobre la profundidad.
Apretando fuertemente el filtro del cigarro las bocanadas hinchan sus labios disociándose del acto oral. Inhalar, el humo se introduce por la garganta llegando al pulmón. Vuelve a la superficie en cada exhalación procurando ser el lamento silencioso y largo de quien entrega sus mucosas a las brasas. La ansiedad come de su lengua mientras dibuja alguna figura, alguna cruz o un cuerpo quizás. El dibujo de su mente se materializa ¿el deseo se vuelve personaje? Los diluvios y lo que arrasan. El agua cae por las escaleras, antes llovía. Valeria es una imagen, la representación de la transcripción. Amar a un holograma decantando el reflejo.
Dicen que traía a los vivos, la tarea de proyectar cuerpos astralmente, en esta ocasión el de su hijo, parado tras su silla mientras ella sigue en la mesa. Un cuerpo envuelto en polera rayada roja y blanca una en una las franjas destacan del resto del personaje. No hay control, resuena el ensayo del himno militar, se desliza por las rejas de los liceos. El cuerpo repta por la calle Clave, apareciendo tras la carnicería y los taxis. Ximena vuelve con él, lo aleja de la amiga con la que estaba, la sube a un colectivo y vuelve a la casa, entrar en la ausencia nuevamente. Al parecer no tiene control sobre los sigilos, desear fervientemente no nos da las herramientas para ser capaces de manejar nuestras ambiciones. Los muertos quedan para otros rituales; conversar y preguntar como variante eterna de respuestas. Pobre mujer obscura el hades la obsesiona. La dualidad del afuera, lo bueno y lo malo, la luz y la falta de ella. Se necesita demasiada sangre para partir el diálogo. El hades se abre cual fosa dándole otro tiempo al poema.
Hildegarda Von Bingen monja, santa, abadesa medieval nacida en Alemania el año 1098 su familia a modo de diezmo la entrega a la iglesia. A los 42 años comienza a transcribir la palabra de Dios que se le presentan en visiones lúcidas. No es muy distinto que encontrarse a leer con Valeria. Vio más allá del ritmo, el canto gregoriano, la poesía y sus pinturas: narraciones divinas de lo inicial / secretos primigenios.
Algunas investigaciones propias fueron sobre salud, naturaleza y ciclos, ante esto, los genitales femeninos la obsesionan. En mandato divino los investiga e intenta comprender la excitación y el deseo filosóficamente hablando. Satán odiaba a las mujeres, tanto era el odio que envenena las manzanas de árbol de la vida. Sitúa a las mujeres como esclavas condenadas a la vida eterna o al dolor perpetuo. En el afán de dominar por error nos entrega la llave al placer. La cavidad que se encuentra dentro nuestro vibra por sí sola, gracias a esa enorme equivocación. Desterradas del paraíso patriarcal nos masturbaremos infinitas, en cada línea temporal. La energía fluye desde el torrente sanguíneo hacia las terminaciones nerviosas. Los genitales sombrean las carnes enraizándolas junto al pelo formando en cueva el clima endémico de la humedad. Energía ilimitada, el placer es el motor de toda ambivalencia. Del castigo al poder. Nadie quiere nombrar a su hija Eva. Nos acobarda pensar en darle ese destino a una niña. Un ciclo infinito de parir una a una las mujeres de un linaje. Hasta Valeria mascó la fruta y de una costilla energética que es la mente de su autora nació como quiebre de la realidad.
Se comunica directamente con Dios, transcribe sus palabras centrándose en lo que vive, lo femenino es una pregunta recurrente desde su anatomía. Ximena al igual que ella ante la santísima trinidad encuentra su propia entidad. Comiendo la fruta se transforma en pagana, lo sagrado se remite a las letras y es en el canto representando los símbolos. Valeria traiciona al género, al principio fundamental de la familia, es un ser completo y ambivalente en su génesis hermafrodita.
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La forma hueca de la cavidad creacional nos mece en medio del uroboro. Cada persona es contenida en otra, todo ser vivo al nacer es expulsado de una cuenca. La madre como arquetipo Jungiano se presenta como creación, la capacidad de concebir. El conocimiento intrínseco, el útero crea. Al pasar los años se cierra y pierde su funcionalidad. La sombra refuerza lo oculto, en lo no productivo se encuentra la magia. La madre la sigue a través de la experimentación, es la voz que aparece entre palabras, se manifiesta la historia familiar y adquiere poder dentro de sus voces. La casa es la matriz y se materializa en Valeria, la escalera y en el hogar que es su mente. La metafísica le entrega a Valeria y es ella quien la acompaña en el viaje.
La poética nace en la apertura, en la capacidad de adentrarse. El arte imita a la vida y Ximena se entrega desde lo sagrado mientras ordena los símbolos que traduce.
*Ilustración de Vladimir Morgado.
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