Menú
Entrevistas

Amar las películas, temer a la vida

Andrés Nazarala vuelve con su segunda novela, Última función (Kindberg), sobre la caída de un crítico de cine, labor que ha desarrollado por décadas, a la vez que filma su segunda película.

Por Catalina de los Ríos

Andrés Nazarala (Valparaíso, 1976) tiene aptitudes comunicativas de sobra: crítico de cine, escritor, periodista cultural y realizador. Como miembro de FIPRESCI (Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica) ha oficiado de jurado en diversos encuentros internacionales que le han dotado de amplia experiencia como entrevistador de actores y cineastas de la talla de Tim Burton. Pero no todo siempre fue color de rosa para este amante de la pantalla grande.

En 2009, sin métodos ni estudios, realizó en Valparaíso con bajísimo presupuesto– su primera incursión en el cine: Debut, donde retrató la subterránea y dosmilera escena musical porteña. Luego de eso, tras largos años sin financiamiento, en 2021 se adjudicó un Fondo Audiovisual que hoy lo tiene de vuelta en la ciudad puerto filmando su segundo largometraje, Los años salvajes.

Fundamentalmente fiel a sus temáticas, este cultor del cine B gusta de volver al under, al new wave, los cigarrillos y la decadencia. Del mismo modo, vamos viendo cómo en su obra, con el paso del tiempo, las historias, épocas y locaciones se van religando en una especie de amalgama cinéfila que crece por acumulación.

En Buenos Aires, ciudad donde reside desde hace años, refiere que su principal quehacer es «caminar y encerrarse en algún café a escribir para medios chilenos». Pero este inquieto creador también ha dedicado tiempo a colaborar con el cineasta experimental Raúl Perrone, a la escritura de Hotel Tandil (Hueders, 2020) y a su proyecto de música lo-fi casera Nagasaki, donde funciona como responsable de universos sonoros para montajes teatrales, películas y documentales.

Nos reunimos a conversar acerca de la recientemente publicada Última función (Kindberg, 2022), ágil parodia de su autoría donde un decadente crítico de cine reflexiona acerca de los finales y, muy especialmente, de su final. A través de una lúcida y radical crítica al gremio, versus una nostálgica reflexión respecto al encuentro en salas —hoy algo perdido en tiempos de streaming y plataformas digitales—, esta divertida novela nos aproxima a citas y figuras icónicas que marcaron la cultura y contracultura del séptimo arte.

¿Cómo surge la idea de Ultima función?

–He sido mucho tiempo crítico de cine. Ese mundo cambió con todo lo digital: ahora se hacen menos funciones de prensa, a las cuales asistí durante décadas en Santiago. Allí había una mezcolanza de críticos —algunos más académicos, otros televisivos— viendo todo lo que se estrenara. Siempre me pareció muy entretenida esa fauna; igual, muy disfuncional: gente que ve cine todo el día y que de lo único que habla es de cine… Me interesaba retratar ese mundo, que era y es mi mundo. Tenía esa deuda. En un momento, me puse a buscar qué existe acerca del gremio y casi no hay nada. Si bien es un mundo prácticamente inexplorado dentro del cine y la literatura, no me inspiraba a ir más allá, hasta que llegó la pandemia. Ahí, estando en Buenos Aires, con encierro total y escuchando una ambulancia, de alguna manera dije: «Ahora puedo retomar.» Siento que el contexto lo dio todo. Esta es una novela sobre covid donde no hay covid: es un libro sobre la muerte, de todas maneras, pero que con algo de humor quiere evitar esa solemnidad. Entonces comencé a crear este personaje que es un poco yo, en unos años más… (ríe).

¿Es Última función, a través de un patetismo bien construido, una especie de homenaje rabioso a la decadencia?

—Un amigo me dijo: «¿Por qué no publicas las críticas que hay escrito en estos años?» Pero a mí me parecería horroroso volver a leer esas críticas porque me arrepentiría de haber encontrado buenas películas que eran malas y al revés. Entonces, me parece que todo crítico, en su momento —sobre todo, uno viejo—, empieza a pensar cómo fue su relación con el cine: qué tan honesto fue, qué criticó de tal película. Ese ejercicio revisionista lo llevo a la vida de el protagonista. Él hace un análisis de su propia vida: ¿cómo fueron sus relaciones?, y la respuesta es que fue todo un desastre. Es un tipo superdesastroso, quizá por culpa del cine. Porque el cine es una especie de vampirismo. El tipo lo dice: nunca pudo amar a una mujer en la vida, pero en el cine sí, a través de una película. Esa alienación a la que te lleva el cine me interesaba. La decadencia que hay es reflexiva.

La búsqueda de interlocutores en medio de la soledad dota de tremenda ternura a Aldo Romero. Por ejemplo, con Pete de Diabetes now, o  los momentos en que dialoga con Darín, notabilísimos. ¿Cómo fuiste abordando este tono lúdico en torno a la idea de muerte?

–El libro insiste en el solipsismo todo el tiempo. Como que uno está atrapado en su propia cabeza y todo lo que imaginas del mundo está en tu cabeza. Me interesaba eso: la cabeza como un artefacto cerrado, el cine como artefacto cerrado… También lo que le pasa a alguien en un estado febril, que es como no estar completamente consciente de lo que pasa, como que se mezcla un poco con los sueños. Me parece que el cine es un poco eso: gente sentada, como hipnotizada, en una posición extraña, mirando todos al mismo lugar, donde hay un rayo de luz. El cine tiene algo de sonambulismo. En esa idea me parecía que todo iba encontrando su lugar. Este tipo iba teniendo estos estados de sonambulismo, que son los estados del cine, y las cosas me iban cerrando. En esos primeros meses del covid, uno estaba pensando en la muerte todo el día. Este personaje está en el hospital… Son curiosos los procesos de escritura: alguien me preguntó si el libro era autobiográfico. Yo creo que no, pero al mismo tiempo digo que sí. Uno mete y va mezclando una serie de cosas que pensaste, escuchaste, viste… Está inspirado en gente que conocí, gente más vieja, sobre todo en mi papá. Él era un cinéfilo tremendo, yo soy cinéfilo gracias a él. Mi papá y mi hermana murieron el año pasado. Fue un año muy duro. Mi viejo también está en ese personaje, pues era un apasionado del cine. Para él sólo importaba Fellini, todo lo demás era una mierda. También está mucha otra gente; estoy yo también, que no me he adaptado bien a estos tiempos, siempre criticando Netflix, y no concibo ver una película en el celular… Entonces uno se va volviendo viejo de alguna manera… (ríe).

¿Cuánto queda del rito cinematográfico hoy en día?

–No me he encargado de ver índices postcovid de cine, pero me gustaría que fueran positivos. No me gustaría que la gente se hubiese acostumbrado a ver todo por un celular, me parece que eso es la muerte del cine. Por otra parte, gracias a internet uno puede ver películas que antes no podrías haber encontrado. Entonces, por un lado, es una fuente muy rica, pero por otro, la experiencia pantalla no es lo mismo que ir a un cine. En un momento hablo de que la crítica de cine es una especie de colectivo donde siempre se está solo. Cada uno solo, pero también juntos en ese espacio.

¿Qué puedes contarme de Microcine Warhola?

–Ya que hablamos esto de la virtualidad, es la antivirtualidad absoluta ya que es una sala donde caben quince personas, todas valiosísimas. Funciona como una especie de cineclub porque se empieza a repetir la gente, que son amigos entre ellos. Curamos unas películas muy raras. A veces hay bandas que están ensayando en el edificio y se mete la batería en la función (ríe), no siempre es malo, a veces calza. Es superinteresante lo que pasa con la curatoría y el punto de encuentro. Todos los lunes a las 18.00 horas.

¿Cuál es tu relación con Valpo?

–Siempre estoy atado a Valpo. Me di cuenta de que todo lo que hago me lleva a Valparaíso, no sé por qué. Quizá porque soy un poco nostálgico y crecí ahí, entonces tengo todo ese imaginario de la infancia. O también porque me gusta esta decadencia hermosa que tiene: se está cayendo a pedazos, pero sigue siendo un gran lugar.

¿Qué no debe faltar en una buena crítica de cine?

–La honestidad. Tratar de escribir de películas que realmente valen la pena. Este ejercicio que yo hacía, criticar cualquier cosa, también es una condena.

¿Qué elementos analizas al enfrentarte a una obra?

–Soy un gran enemigo de las fórmulas. Da la impresión de que estuvieran muy establecidas por la industria, pero ese me parece un mal cine; no así una película arriesgada que sea fallida. Soy un gran amante del cine B, siento que en él hay verdad. Lo acomodado y lo de fórmula es lo que puedo detestar.

¿Planificas las historias al detalle antes de escribirlas o más bien lo haces durante la marcha?

–Lo dije en el lanzamiento del libro y se rieron, así que me arrepentí. Hay gente que dice: «Hice esta hueá porque me llegó una inspiración divina.» Yo no creo en eso, pero con Última función me pasó un poco. Fue un libro que me salió rápido y fácil. Tiene un universo bien nutrido, aunque no lo planifiqué. Me sentaba e iba saliendo, a diferencia de Hotel Tandil, que es un libro más corto pero me costó muchísimo: le daba vueltas a todo, cambiaba cosas, hacía esquemas… Este otro salió muy natural.

Siendo crítico de cine, ¿cómo ha sido el hecho de lidiar con los egos del resto? Y a la inversa, ¿cómo te enfrentas al momento de ser criticado?

–Yo empecé a los veintitrés a escribir de cine. Era pendejo, arrogante, y hago un mea culpa con eso. Le metía cizaña a los textos, trataba de ponerle humor o burlarme. Hubo una fase en la que me metí en problemas, ofrecieron pegarme, pero creo que en Chile la crítica se desactiva porque todo tiene que ver con la industria. Es decir, cuando yo critico mal una película, el gran problema de ese director no es que yo haya hecho una objeción que tenga que ver con el cine, sino que estoy desmoronando un negocio que tiene una productora que está sobre esa persona y que se consiguió la plata. Esa persona está quedando mal con la productora y la gente no va a ir a ver la película… Me da la impresión de que los grandes tiempos de la crítica en el mundo fueron cuando se abrían diálogos sobre cine. Entonces los directores respondían y participaban. Pero acá no, porque es una amenaza a la economía y como acá es tan precario todo… Si a mí alguien me critica para hablar de una obra, lo que sea, bienvenida. Ahora, si es mala leche y hay agresión, no.

¿Cuánto ha cambiado la mirada del director de Debut (2009) a la del de Los años salvajes (2022)?

–En rigor lo que difiere es que nos ganamos un Fondo Audiovisual, entonces hay plata y hay equipo, tenemos oficina acá… Es primera vez que trabajo así. Yo defiendo mucho el arte hecho con nada, me parece que tiene una frescura que se pierde cuando hay mucho presupuesto. Creo que eso es lo que une mi trabajo musical con el cine: yo no soy cineasta. Hice una película en 2009 con amigos y muy bajo presupuesto, con cámaras prestadas, pero me parece que esa película no podría ser de otra forma: el fondo y la forma en ella se comunican perfectamente. Es un homenaje a toda una escena musical, de bandas, de precariedad, pero la película también lo es. Ahora, en cambio, hay algo más profesional. Hay sueldos, gente trabajando, aunque creo que no se ha perdido el espíritu de exploración. Junto a la directora de fotografía estamos pensando en estrategias para que las cosas no sean tan acartonadas, que haya margen para la interpretación. Tenemos la suerte de contar con actores reconocidos como Daniel Muñoz, Alejandro Goic, José Soza, Daniel Antivilo como protagónico, Natalia Galgani. Son todos de Santiago, pero mezclados con gente de Valparaíso: está la Lucy Briceño, cantante folclorista; el Elvis del puerto, y mucha otra gente, no actores, que son de acá del territorio. Entonces creo que nuevamente es una película de Valparaíso, hecha con gente de Valparaíso, sólo que ahora están estos infiltrados.

¿Cómo te enfrentas a tu propia crítica al momento de crear?

–Más que crítico soy cabeza dura y medio limitado, porque me gustan sólo un par de cosas. Entonces para mí eso es como un marco. Siempre en lo que hago tienen que estar ciertos elementos que me interesan, como el rock ’n’ roll, la muerte, los cigarrillos, los gatos… Trabajo con los mismo materiales. Sería crítico si me viera traicionándome, si escapara de eso, pero no me ha pasado hasta el momento.

(*) Fotografías de Kika Francisca González.

Sin comentarios

    Leave a Reply