Sólo quien logra estar desde varios ángulos, podría tomar la foto panorámica de un ecosistema como el del libro. ¿Cómo sería esa imagen? Aquí presentamos la que nos propone una editora, docente y traductora, por nombrar algunos de sus tantos oficios.
Por Tabata Yáñez
Está en la academia, pero no va por ella propiamente tal; de hecho, tampoco se define como una académica. Cecilia Bettoni hace varias cosas y por cosas nos referimos a oficios, los que a su vez no son aislados; forman parte de una gran cadena. Traduce, escribe, enseña, investiga, distribuye y edita en Catálogo, editorial que al mismo tiempo lleva el nombre de su librería en Viña del Mar.
No nos atrevemos ni siquiera a definir su abanico de intereses, ella menos aún podría. Aunque desde la página oficial del Instituto de Arte de la PUCV donde imparte clases nos dan una idea: «Historiografía, Arte latinoamericano, Estética y teoría del arte», se lee. De todos modos, es mucho más que eso.
Para alguien con tanto y tantos trabajos, es un poco complicado gozar de un espacio libre en la agenda. Así que nos reunimos virtualmente en la tarde, cuando la jornada casi acaba, para ir configurando lo que finalmente se convertirá en un diálogo macro, con un gusto crítico y beneficioso de forjar gracias a la riqueza de los muchos enfoques de Cecilia.
En algunas publicaciones he notado que hablas de un ecosistema editorial, de un ecosistema de trabajo; en definitiva, de una cadena que involucraría a diseñadores, editores, medios de prensa, etc. ¿Por qué decidiste involucrarte en este ecosistema desde la edición, la traducción y siendo dueña de una librería?
Cosas que pasan. Son deseos que una ha formulado y de repente se cumplen sin quererlo mucho. Siempre he sido superlectora, mi pareja también es muy lector. Habíamos fantaseado con una librería y la posibilidad se dio. Decidimos armar una editorial que se asociara a Catálogo. Luego yo, a través de las ferias de editoriales, conocí a Rosario Garrido. Me dijo que le parecía importante que hiciéramos algún encuentro que convocara a mujeres y disidencias del ecosistema del libro –en ese momento le llamamos «la cadena»–, luego discutimos un poco el nombre e hicimos Voltajes, un piloto interesante. Aprendimos un montón. Fue bueno dejar que fluyera.
¿Voltajes no volverá?
No lo sabemos, no es algo que tengamos ni cerrado ni abierto porque no estamos obligadas a una periodicidad. Creo que han pasado un montón de cosas que nos obligarían a cambiar ciertos enfoques que tuvimos en algún momento. Sí se hicieron Microvoltajes.
Me interesa conocer tu perspectiva sobre el ecosistema del libro.
Ser dueña de librería con editorial, traductora o autora, además con experiencia corta como distribuidora, te entrega una perspectiva diversa, pero bien resistida, porque dentro del ecosistema del libro los distintos actores, pienso yo, muchas veces no tienen un conocimiento de lo que involucra el ecosistema en su totalidad. No lo digo sólo en términos de gestión cultural, sino económicos. Es superimportante saber qué hace un librero, distribuidor, editor, el problema del derecho de autor cuando tienes un traductor entre medio. Tiene que ver con una formación económica no sólo monetaria, sino de un sistema de funcionamiento. Muchos editores no saben cuánto corta el distribuidor, por ejemplo. Hay que entender cómo el otro colabora a tu trabajo y por qué ese trabajo es importante.
¿Qué más nos permite ver, saber o valorar al hablar de un todo y no quedarse sólo en la autora/el autor?
Hay un libro que no he leído pero es muy bueno, Los autores no escriben libros. Venimos de una cultura en la que tenemos superincorporado que el autor es una figura separada y que todos tributan al trabajo creativo de un escritor. Lo que pasa, más bien, es que los autores escriben textos y luego eso se transforma en un libro, se difunde, llega al público en función de muchos actores que trabajan con el autor. Allí no sólo está el ámbito del diseño o la edición propiamente tal, sino también la imprenta, la prensa, la crítica y finalmente, el distribuidor y el librero. Esta importancia, a mi juicio desmedida, que se entrega al autor del libro es una cuestión que pasa por la invisibilización del resto del ecosistema que hace posible que a ti te llegue un libro o que tú te enteres de que existe un libro.
¿Cuáles son tus expectativas sobre ese ecosistema aquí en la región?
Buenas y superbien encaminadas. Pienso en el trabajo que hace Gladys González no sólo con el empuje de las ferias del libro, sino ahora con las instancias formativas. Se está generando un trabajo muy sostenido. Es una cuestión que admiro mucho porque me cuesta ser constante, la verdad. Es importante sumar esas instancias a la cadena. Si tú no valoras lo que hace el resto de los actores, te vas a sentir infravalorado. Hay que visibilizar otra clase de trabajos, a veces despreciados porque se establece una separación entre creación y venta. Ese es un binarismo bastante tonto, pienso yo, ya que existen distintos tipos tanto de editoriales como de librerías. No tiene que ver con un nicho de mercado. Allí hay un trabajo interesante porque vas construyendo un lugar, sobre todo en las librerías, un lugar de encuentro y conversación. Entonces, establecer una separación en un ámbito puramente creativo y otro económico y que haya un desprecio de un sector hacia el otro, siempre es un error.
Está muy presente esa discusión, por ejemplo, de bajar el impuesto al libro para que compren más personas, como el caso de la librería popular de Recoleta.
Es curioso porque, a diferencia de las farmacias, la librería no se ha replicado en otros lados. No tengo idea de cómo funcionó el proyecto. Pienso, como dueña de una librería, que el precio del libro hace una diferencia, pero la rebaja del IVA al libro es más bien una lucha simbólica. Distinto es el caso de Recoleta porque allí tienes un 40% de descuento, que no es el equivalente del IVA; hay una cuestión sustancial enorme. Me parece interesante que ese modelo se replique a nivel comunal y espero que ocurra. Me sorprende que no haya pasado. Pero pienso que la disputa por el IVA en el libro no tiene que ver con el acceso económico, sino con que esté garantizado el acceso a ciertos bienes culturales. No tiene que ver con el precio, sino con el rol del Estado de garantizar la rebaja del impuesto para el acceso. Es una disputa mucho más grande donde se vinculan todas las áreas creativas.
¿Qué está pasando con la traducción en la industria?
Es loca la sensación que una tiene, pero es una ilusión y por eso lo señaló así. Hasta hace un tiempo, yo diría que el ámbito de la traducción en Chile era bastante restringido. O sea, había un volumen de traducción, pero ahora ha crecido. Mucho ha jugado a favor el apoyo a la traducción del Fondo del Libro. Eso ha abierto un interés por traducir, porque financiar a un traductor es caro. Cuando miras el reparto dentro del ecosistema en términos de un libro que cuesta diez mil pesos, en ninguna parte están los honorarios del traductor porque se asume que tienes un autor, equipo editorial, un librero, etc. Me parece fantástico que se empiece a traducir acá, en Chile, porque no sólo permite poner en valor este otro oficio. La traducción es algo enriquecedor en la que se aprende un montón, es un desafío, una estudia mucho, aprende. Yo traduzco ensayos y publicamos ensayos, entonces se trata de traer ciertos temas o miradas desde otros países hacia nuestro campo cultural e intelectual.

En un artículo que circula por internet, aparece algo relacionado a un debate que abrió Lorena Amaro y expresabas que lo valorabas, aunque lamentabas ser de las pocas «no escritoras» que intervino. Quiero apuntar a lo de «no escritora» y preguntarte por qué es el único rol en la cadena/ecosistema que no ejerces. ¿Te gustaría escribir algo tuyo, propio?
Que no esté publicado no significa que no se ejerza[risas]. Ahora, quiero volver sobre lo primero de tu pregunta porque en ese debate y otros que ha habido, parece ser que las de los autores son las únicas voces autorizadas. Había una resistencia, una especie de timidez a intervenir sin ser una escritora publicada, como si ese fuese un problema que atañe solamente a los autores. Es un debate en torno a la autoría, pero cuando se circunscribe a quienes son autores, lo que haces es otorgarles un lugar hiperprivilegiado dentro del campo cultural. Y eso es un problema porque para un asunto tan importante debiese haber más enfoques. Respecto a lo otro, no es que yo no escriba, en ningún caso. Pero después mis intereses se fueron hacia la investigación y tengo un libro en proceso. Pienso que la escritura es sumamente lenta, admiro a las personas que tienen esa facilidad increíble de escribir a diario. Tampoco pienso que haya una obligación allí de ser editor, tener una librería, traducir, luego tener tus propios textos. No creo que sea un imperativo.
¿Qué desafíos u obstáculos se te presentan o se te han presentado al trabajar los temas que te interesan desde la academia cuando existen otros espacios de discusión fuera de ella?
¿Tú me dices como los ámbitos que yo investigo, qué habría como lugares fuera?
Claro, si se te han presentado dificultades. Si alguna vez has pensado que deberías investigar por otro lado o en otros espacios porque quizás te entregarán otra perspectiva que no ves desde la academia, tal vez sentir que te tiene en una burbuja.
No sé si puedo ensayar una respuesta o un comentario. Todos los espacios de la sociedad son burbuja, lo que pasa es que nos cuesta ver las que nosotros habitamos. Tendemos a identificarlas en aquellos espacios más institucionalizados. Nos parece que son restrictivos y cerrados en sí mismos porque identificamos la institución con aquello que debe ser roto, mientras que pensamos que nosotros nos movemos en espacios abiertos. Hay maneras de ir permeando distintos estratos e ir generando cierta porosidad. Y eso no está tan condicionado por el lugar de trabajo, sino por el cómo una trabaja. La traducción, por ejemplo, es algo así, me permite moverme en áreas de interés que no investigo. Efectivamente, hay un problema en la academia en las formas de vinculación con la sociedad. Y eso tiene que ver con que las universidades establecen criterios de productividad cuyos índices no necesariamente tienen un impacto en la sociedad, sino dentro de las mismas universidades. Entonces yo creo que hay que encontrar un justo equilibrio entre llegar a hacer lo que se te pide sin que eso se transforme en lo único que haces.

¿Hay un dónde o una forma en que todos tus intereses se agrupen?
No. Es que me interesan muchas cosas y muy distintas. Por supuesto, una siempre trata de generar ciertos funcionamientos entre esas cosas, un acople, podría decir o encontrar. Pero para mí no hay un espacio de convergencia. A veces me pasa en clases –muy ocasionalmente–; ahora menos por la instancia virtual. Pero diría que no. Y me parece bien que no lo haya porque de pronto las cosas que una hace son escapatorias. Son maneras de desmarcarse de ocupaciones, labores u oficios. Me gusta, por ejemplo, que mi trabajo como traductora sea una manera de escapar momentáneamente de la docencia o que la investigación me haga escapar de la docencia y que a veces la docencia me permita escapar de la librería. Son formas de ir descansando porque si todo confluye hacia una misma dirección, se puede volver agotador sin lugares de escape.
¿En cuáles otros temas te gustaría involucrarte? ¿Qué te queda pendiente?
No sé, es que son tantas cosas. Un problema que no se me ocurre ahora porque da la impresión de que estuviera muy satisfecha con la vida, pero no es así. Siento que tengo muchas cosas pendientes que me gustaría hacer. En relación a mis muchos trabajos, en este momento no hay nada que sienta pendiente y estoy bien con la cantidad de cuestiones que hago. En este momento es muy difícil pensar en pendientes porque, al menos yo, estoy muy cansada, lo último que quiero es pensar en algo que esté por hacer. Tengo pendientes pequeños: una parte importante de mi proyecto de investigación se paralizó por la pandemia ya que tenía un par de viajes programados dentro de Sudamérica para trabajar en archivos. Pero un pendiente que es más bien algo que debo hacer. ¿Algo nuevo como pendiente en lo que me gustaría involucrarme? En estos momentos no tengo ni capacidad ni cabeza.
(*) Ilustración de Vladimir Morgado.
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