La historia detrás de Humedad, el debut literario de Silvana González, en su propio relato.
Por Silvana González
Poblete anotó la frase en la agendita donde escribe como apuntes las cosas que pasan por su lado, subrayando las palabras de los demás. «No es que llueva menos, si no que llueve distinto, de manera aislada», dijo serenamente. El geólogo fue uno de los pocos que escuchó la presentación de Humedad y con pocas palabras derrumbó todo el sustento lógico de mi poemario. Pero acá no hablamos de datos, alguien le contestó, son subjetividades. Hoy todos dicen que llovió como hace años no llovía, y escribo esto mientras las gotitas están aunándose para tirarse con rabia por el cerro. Mirémoslo así: se derrumbó (aún más) Almirante Montt, cinco postes en secuencia caídos, techos y adobes colapsados fueron reemplazados por plásticos.
Si esto sucede es porque habíamos olvidado la lluvia potente, no esa que te hace cariñito desde la ventana, sino la que deja a la gente sin hogar, sin área posible. Entendamos que esta lluvia tampoco es normal; desde el calor y sin la nieve que la frenaba un poco, está cargada de un fenómeno climático que se aleja de los temporales del pasado.
El problema no es que no llueva, sino que no suceda como lo recordábamos. Es como ver envejecer a la gente, complejizada cada vez más su imagen superpuesta a los años que ya pasaron. mon esta lluvia a la gente se le activó un modo que había olvidado. La misma activación congelada de cuando algo desaparece. Echar en falta algo fue uno de los motivos con los que partí la escritura de Humedad. En ese entonces, quizás, no era la aburrida idea de sequía en sí, era la vuelta de entender el paisaje como una persona pellizcada por el entorno, forzada a cambiar o incluso a desaparecer. «Aaaagghhh ssshhht» hacían las lechuzas en algunos patios del interior, como si fuera un grito de bebé raptado a lo lejos. Comían roedores pequeños y mantenían a raya a las palomas. Su custodia desde los árboles, era una rareza que fui olvidando. Una noche simplemente, las lechuzas volaron del patio y palomas temerarias se abarrotaron en los techos. Ese temor a salir de noche y ver esa figura ambigua que te chillaba desde el cielo se esfumó. Se perdió el miedo y se instauró el silencio. Dice el hippismo que somos nosotros quienes invadimos a estas especies y no al revés. Cuando tienes tus papas plantadas, el susurro de la lechuza era el mejor aliado para validar una cadena que es salvaje, sin más vueltas para darle. Tenía que ser así, alguien tiene que paquear a las palomas, frenar a los ratones. Ese era el orden de las cosas.
Las lechuzas ya no encuentran lo que les interesa en este lugar. ¿Este año viste mariposas? Son detalles tontos, a lo mejor intrascendentes, pero son una pequeña evidencia. La atmosfera es distinta.
Le iba a poner La Isla primero, pero descubrí otro trabajo con ese nombre. No por ser un lugar inaccesible, sino por ser un entorno que se explicaba bajo sus propios códigos; cualquiera puede acceder, pero bastan los años para darles mesura. Quería darle cuerpo en el libro a esa isla de sucesos e imágenes que fueron correteando los edificios y las bocinas. A un entorno que se volvió árido y oscuro, porque las luces se fueron para los condominios cuicos. Creo que logré solamente esbozar su fantasma. La gentrificación para lugares de residuo, colaterales que se van quedando solos. Una vez vi unas casas pegadas al cerro que privatizaron, más encima sin rejas, con las ventanas peladitas. Que ganas de pescar una piedra y realizar el acto innato al que invitaba ese arco brillante. Me fui devuelta a la calle en donde hace diez años andaban los gitanitos a pies pelados aspirando neoprén.
Cinco de la mañana y sentía el llamado de ir a orar y escribir al patio. Las aves disminuidas y los ruidos de las micros al lado me llenaban de letras para ir componiendo de a poco los pasajes del texto. Andrés Urzúa, con paciencia de oro, iba peleándome ciertos detalles que yo le pedía que guardáramos, era lo chascón que esas otras calles santiaguinizadas no tenían. Fuimos conversando también sobre cómo este tópico se repetía en la gente de mi generación. Me gustaría hablar, sin embargo, con los que han entendido el ciclo de un árbol por tocarle la tierra después del maicillo.
Hice hablar a algunas de las cosas de ese patio y de ese entorno, a un olivo seco, por ejemplo. La dimensión espiritual que estaba viviendo me hacía suponer que, en esa naturaleza, planeada como un escenario perfecto, había sido brutalmente angostada. El sentimiento de ser plaga era inevitable. Esas mañanas me acercaban de a poco a un lenguaje construido por esas mismas especies que echaba de menos, y las nuevas presencias, eran una oportunidad para aceptarlas. Proseguí un poco emboscada en esa escritura «de la naturaleza», sabiendo que nunca nadie podrá acercarse a ella como lo hizo T.S. Eliot en La tierra baldía, cuando escribió «No hay silencio siquiera en las montañas / sino el seco y estéril trueno sin lluvia». Insistí sabiendo que gastaba también, mis años jóvenes en desenterrar informaciones inútiles, sin retorno. Algunas imágenes de un Peña Blanca lluvioso, tomadas hace años, acompañaron las letras. Esa afición por vivir del pasado, también gestionó el libro.

Cuando acabó el proceso de editado, aún no había lluvias fuertes. Mi escritura quedó bastante drenada, por lo que esta lluvia la siento como una bienvenida. Entregar un libro es como hacer un trueque entre la experiencia de otro y tus ideas fundamentales. Yo entregué todo mi torrencial para que unos pocos lo leyeran e identificaran todas esas partes como sequía. Finalmente, la sequía no es el meollo, es la consecuencia de todo un cambio del paisaje; es también, el cambio de una época. Es por ejemplo la señora que barre la calle hace veinte años y le mantiene un mismo rostro a costa de escobillazos. Cuando ella desaparezca, no será la misma calle. De esas cosas, se sustenta la imagen de una cuadra, la normalidad. Probablemente voy a tener que transformarme en esa vieja. Ese sería el único aporte que le puedo hacer al recuerdo además de este libro.
En la espera de volver a llenarme, en que vuelva a juntar retazos para lograr articular algo, pienso en el libro nuevamente como un drenaje. Uno siente que se le llueve la casa. El libro es necesario para destapar, actúa como un desagüe. Me gusta pensarlo así, para que no me de lata de que, en parte a uno le quitan algo. En parte también las ideas, que ya no se pueden volver a cambiar.
(*) Ilustración de Vladimir Morgado.
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